martes, 12 de febrero de 2019

Así serán los ‘medicanes’, los huracanes del Mediterráneo

El cambio climático reducirá la frecuencia de este tipo de huracanes, pero los hará más intensos y peligrosos.

A medida que avance el siglo, el Mediterráneo será un mar cada vez más peligroso. Con el calentamiento global, se irá pareciendo a los mares tropicales. Estas nuevas condiciones facilitarán el desarrollo de ciclones extratropicales muy parecidos a los huracanes, los medicanes. Aunque los distintos modelos y simulaciones indican que habrá menos, los que haya serán más duraderos, intensos y portando mayor capacidad destructiva.

"El cambio climático está convirtiendo al Mediterráneo en un entorno más propicio para el desarrollo de huracanes", dice el investigador del Instituto de Ciencias Ambientales de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), Juan Jesús González. Aclara enseguida que el término medicán o medicanes  es una simplificación y que en el Mediterráneo no se producen huracanes como los tropicales. Primero porque no es un mar tropical y, segundo, porque nunca tendrán la intensidad y magnitud de un huracán de categoría 3 a 5. "Pero tienen la misma física", recuerda.

Los medicanes se forman en especial en el centro y este del Mediterráneo. A diferencia de los huracanes, apenas duran un día, diluyéndose en entre 12 y 18 horas. Rara vez sus vientos superan los 100 Km/h y sus dimensiones son mucho más reducidas. Además, la frecuencia de los medicanes es de uno o dos al año, frente a la temporada típica de huracanes que, solo en el Atlántico, suele superar los 10 con otras tantas tormentas tropicales. Pero unos y otros viven de la conflictiva interacción térmica entre el mar y el aire. Unos y otros tienen esa particular forma de espiral de nubes arremolinadas girando al contrario que las agujas del reloj. Y en uno se puede ver el ojo del huracán y en el otro el ojo del medicán.

Todo eso está cambiando. Un reciente estudio realizado por un grupo de investigadores con González al frente ha modelado la aparición y desarrollo de medicanes en el contexto del cambio climático. El modelo ha sido desarrollado por científicos estadounidenses especializados en huracanes y usado ya para la simulación y predicción de huracanes de hasta categoría 5. Primero corrieron el modelo hacia atrás, hasta 1985, viendo que reproducía con gran fiabilidad los medicanes aparecidos desde entonces. Después, eligieron el escenario climático intermedio que se espera para el resto del siglo y lo corrieron hacia el futuro. Se encontraron con una buena noticia y las demás malas.

"La frecuencia de medicanes será menor", comenta el investigador de la UCLM. Son borrascas que llegan al Mediterráneo desde el Atlántico y se transforman en ciclones tropicales pero, con el calentamiento global, "se está produciendo una expansión de los trópicos y una traslación en latitud de los subtrópicos, lo que implica que las borrascas lo tendrán más difícil para llegar", explica González. Así que la frecuencia descenderá, habiendo años en los que no aparecerá ningún medicán. Pero el resto de condiciones serán peores, es decir, mejores para los medicanes. "El cambio climático está haciendo que el Mediterráneo sea más tropical y el mar es el que alimenta a un medicán", explica González. Según los resultados de su investigación, aunque la frecuencia podría reducirse en un 34%, el número de medicanes que duren más de 24 horas aumentará. "Podrán alcanzar vientos sostenidos de 125 Km/h y rachas con velocidades mayores, lo que entra en la categía 1 de los huracanes", estima el investigador de la UCLM. El riesgo de un gran medicán será mayor en los inicios del otoño y se concentrarán en especial en el mar Jónico, al este de la bota de Italia.

Con la mayor duración y mayor intensidad de los vientos, el denominado índice de disipación de energía también aumentará y esta es una medida que se relaciona con la capacidad destructora de estos ciclones. "Además, a diferencia de los huracanes que tienden a seguir una ruta rectilínea predecible, los medicanes tienen trayectorias más caóticas e irregulares", avisa González, cuya investigación está relacionada con el proyecto europeo SOCLIMPACT, dedicado a evaluar impactos del cambio climático en islas europeas.

"Sus conclusiones son similares a los resultados que hemos obtenido nosotros", relata el profesor de meteorología de la Universitat de les Illes Balears, Romu Romero, cuyo grupo lleva años investigando los medicanes. En 2017, y usando una metodología muy diferente apoyada en la generación de ciclones sintéticos, estimó que, como en el trabajo de la UCLM, habrá una reducción de estos ciclones (entre un 5% y un 10%), pero, "cuando se formen, serán más intensos", añade.

En términos generales, la mayoría serán débiles, con algunos moderados y unos pocos violentos. La clave aquí es el aumento de los vientos, que tienen efectos no lineales sobre la intensidad del medicán. "El poder destructor tiene mucho que ver con el transporte de la energía cinética: aumentos modestos en los vientos sostenidos en superficie pueden elevar exponencialmente su capacidad destructiva", recuerda Romero. En sus estimaciones, el Mediterráneo tendrá medicanes que podrían contener vientos de hasta 140-150 Km/h. Para Romero, "con el cambio climático, la probabilidad de que entren en la categoría 1 [de los huracanes] ya no será despreciable".

jueves, 7 de febrero de 2019



El mar está cambiando de color

El cambio climático está afectando al fitoplancton marino, lo que altera el espectro de luz solar reflejada

Para finales de siglo, gran parte del mar habrá cambiado de color. El fitoplancton marino, la base de los océanos, está sufriendo el impacto del cambio climático, alterando su composición y distribución. Estos organismos usan clorofila para sintetizar la energía solar, siendo responsables de la porción verde del agua. Ahora, un estudio ha elaborado un modelo sobre cómo será el color de los océanos a lo largo del siglo según le vaya al fitoplancton. Con el calentamiento, los mares seguirán siendo azulados o verdosos, pero con nuevas tonalidades. Y el cambio de color indica toda una cadena de cambios en la vida marina.
El mar es azul porque refleja la luz azul. Cuando los rayos solares inciden sobre las moléculas de agua la mayor parte del espectro de la luz (el arcoíris en el que se descompone) es absorbida. Solo la banda del azul (en torno a los 443 nanómetros de la longitud de onda) rebota y, como sucede con el cielo, el mar se ve azul. Pero no es un color puro, en realidad todo son tonos de azulados a verdosos, con el turquesa entre medias. Y es así porque en el mar no solo hay agua, también hay plantas, microorganismos y otros tipos de materia orgánica que le dan su paleta de colores.

El fitoplancton era, según se consideraba hasta no hace mucho, un conglomerado de algas microscópicas que, como el resto de vegetales, cuentan con un pigmento verde, la clorofila, para realizar la fotosíntesis. Y esto hace que la luz que más refleje sea el verde, de ahí las tonalidades verdosas de muchas partes de los mares. Aunque ahora los biólogos han complicado las cosas y en ese conglomerado también habría cianobacterias y protistas, todos estos microorganismos viven de la energía que obtienen de la luz y solar y, para sintetizarla, también usan la clorofila, reforzando los tonos verdes. Desde hace unas décadas, la observación desde satélites ha servido para inferir la presencia de clorofila como indicador de la biodiversidad marina.

Ahora, un grupo de investigadoras de universidades de EE UU y Europa han elaborado un modelo para estudiar cómo está afectando el cambio climático al fitoplancton y, por tanto, al color del mar. La mayor parte del calentamiento global lo están absorbiendo los océanos. Se estima que, de no hacer nada para reducir las emisiones de CO2, la temperatura media global de la superficie marina suba en 3º para finales de siglo. De ser así, se producirían una serie de impactos en el ciclo de la base de la vida oceánica, el fitoplancton. Bueno, ya se estarían produciendo.

"El calentamiento de los océanos altera la circulación oceánica y la porción [de aguas] del océano profundo que emerge a la superficie. El fitoplancton necesita la luz (su fuente de energía) y nutrientes. Y la mayor parte de esos nutrientes viene de las profundidades", explica en un correo la investigadora del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y principal autora del estudio, Stephanie Dutkiewicz. "Los cambios inducidos por el calentamiento están provocando que lleguen menos nutrientes a la capa superficial, por lo que lo más probable es que el fitoplancton disminuya en muchas partes del océano", añade esta experta en la biogeoquímica del mar.

Uno de los procesos biogeoquímicos más afectados por el cambio climático es el de la circulación oceánica: conforme a las diferencias de temperatura, las aguas se mueven tanto verticalmente (en profundidad) como en latitud (hacia y desde los polos). Con el calentamiento, esta circulación se está ralentizando, aumenta la estratificación de la columna de agua y se reduce la mezcla de aguas profundas y superficiales. Todo esto explica que la aportación de nutrientes, en particular los macronutrientes, se esté reduciendo.
"Las temperaturas también afectan a cómo de rápido crece el fitoplancton. Algunas especies adaptadas al agua caliente lo hacen más rápido que otras adaptadas a las más frías. Así que, con un océano más cálido en las regiones donde haya más nutrientes, unas aguas más calientes pueden aumentar la cantidad de fitoplancton", recuerda Dutkiewicz. Así que habrá cambios regionales en la composición, cantidad y distribución de las comunidades de microorganismos marinos que colorean el agua.

Según los resultados del estudio, publicado en Nature Communications, buena parte del océano ya está cambiando de color y, para 2100, estiman que hasta algo más del 50% de la superficie marina podría tener otro color. "Los cambios serán muy sutiles, el ojo humano probablemente no los vea, pero sí los sensores ópticos", aclara la investigadora del MIT. "Sí, el mar seguirá siendo azul. Algunas regiones, grandes zonas al norte y al sur del ecuador, los giros subtropicales, serán posiblemente más azules, incluso", añade. Mientras, el verde se hará más presente en las aguas polares y en las aguas costeras tropicales donde el fitoplancton lleve mejor el calor.

El modelo que han usado para estudiar la evolución del color se venía utilizando para predecir los cambios en el fitoplancton, las explosiones locales de algas o la acidificación oceánica. Ahora, en los parámetros que han incluido han sumado otros elementos presentes en el agua, además de la clorofila. En particular, detritus y otra materia orgánica disuelta. Reconocen, sin embargo, que para acertar mejor con el color del mar del futuro habrá que incluir otros constituyentes microscópicos del agua marina, como son las bacterias, los minerales o la propia salinidad del mar.

Jefferson Keith Moore, biólogo marino en la Universidad de California en Irvine, publicó el año pasado un estudio en la revista Science sobre los efectos del cambio climático en el fitoplancton y las consecuencias globales de su reducción. También publicó un resumen del mismo en la web del Foro Económico Mundial, Las plantas del mar, como llama al fitoplancton, necesitan, además de sol, nutrientes como nitrógeno o fósforo. Si la circulación oceánica es frenada por el calentamiento global, estos nutrientes no llegarán a la superficie. Aunque el estudio se remite a un escenario temporal algo lejano (el año 2300), sus resultados muestran que, al haber menos plantas, habrá menos zooplancton (animales microscópicos) de los que puedan  alimentarse los peces pequeños, que reducirán sus poblaciones, lo que pondría en aprietos a los depredadores más grandes, como delfines, tiburones o humanos. Y todo empezará con un cambio en el tono del azul del mar.

martes, 18 de diciembre de 2018


Tuberculosis, la enfermedad de los vulnerables de Sudán del Sur
En 2017, murieron 3.510 personas, según cifras oficiales
De una población de 20.440 personas potencialmente infectadas, se diagnosticaron 11.364 casos nuevos y murieron 3.510 personas en 2.017.
Primero viene una tos seca, con mocos y sangre. Luego, las bacterias infectan los pulmones comiéndose los tejidos. Llegan los sudores nocturnos y la fiebre aumenta. Al cabo de los días, el cansancio es extremo y viene acompañado por falta de apetito y la consecuente pérdida de peso. Si no se trata, la tuberculosispulmonar debilita gravemente a las personas, que terminan demacradas. Finalmente, los pulmones se llenan de líquido, causando insuficiencia respiratoria crónica. En esa etapa, el tratamiento es ya inútil. El paciente morirá.

En los campos de refugiados de Sudán del Sur, estos síntomas son reconocibles para la mayoría de las personas; saben que deben acudir a un médico tan pronto como aparezcan y se sientan enfermas.
En la sala de aislamiento del hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el campo de Protección de Civiles (PoC) de Malakal, hay un joven sentado junto a su cama: enjuto y con un traje sucio y mal ajustado. A su lado, su anciana madre se preocupa por su aspecto y, como todos los visitantes de la sala, lleva una máscara en la boca para prevenir la propagación de la tuberculosis.
A pesar de la insistencia de la mujer, que le dice que se está recuperando, el joven se ve frágil y apenas habla. Es tan delgado que se ata un trozo de cuerda alrededor de la cintura para sujetarse el su pantalón. En el suelo, tiene un cuenco que usa como escupidera. La enfermedad ha avanzado, pero todavía existe la posibilidad de que se recupere, aunque solamente lo logrará con medicación y tratamiento adecuado.

MSF brinda tratamiento contra la tuberculosis tanto para los desplazados del PoC como para los habitantes de la ciudad vecina. De una población de 20.440 personas potencialmente infectadas, se diagnosticaron 11.364 casos nuevos y murieron 3.510 personas en 2017, según cifras oficiales. Esto representa una cifra en Sudán del Sur aproximadamente 13 veces mayor que la media de la Unión Europea.
Sin embargo, es casi imposible encontrar cifras precisas sobre casos de tuberculosis debido al constante movimiento de la población que huye de la violencia y a la falta de instalaciones médicas en las zonas inestables. Así que el número de casos podría ser aún mayor.

La tragedia de la nación más joven de África es que la tuberculosis se puede tratar, incluso en sus etapas avanzadas, "pero en un campo de refugiados, donde las personas se amontonan en chozas, viviendo unas encima de otras, la enfermedad se transmite fácilmente. La tuberculosis es principalmente una enfermedad de los vulnerables", explica Harry Aichner, médico de MSF en Malakal.

"Muchas personas viven con tuberculosis latente; pero tienen un sistema inmunológico fuerte y pueden vivir mucho tiempo sin que se detecte o enfermen", añade desde el hospital de MSF.
Hay muchas formas de tuberculosis, pero en Sudán del Sur la pulmonar es el tipo más diagnosticado y representa el 80% de los casos.
Podría decirse que los pacientes de tuberculosis en Malakal tienen suerte, porque tienen acceso a servicios de salud. No obstante, las condiciones de vida en el asentamiento son terribles. El campo ha estado siempre densamente poblado. Actualmente, el área de asentamiento de cada persona es de 17 metros cuadrados de media, cuando el estándar humanitario mínimo es de 30 metros cuadrados. Hace dos años la población era el doble de lo que es ahora y vivía en la mitad de espacio. Son las condiciones perfectas para la propagación de la tuberculosis pulmonar.

"Estaba teniendo fiebre, esta iba y venía. Creo que me contagié de un amigo. Me han dicho que estaré bajo cuidado durante tres semanas", apunta un hombre de unos 30 años.

Muchas de estas personas han perdido sus hogares y han sido testigos de cómo el conflicto se cobraba la vida de amigos y familiares. Los hombres en edad de luchar en el frente tienen miedo de abandonar el campamento, que está protegido por la ONU, por temor a ser reclutados en una de las milicias, o directamente asesinados.

Resistencia a los medicamentos y tratamiento tóxico
La guerra civil en Sudán del Sur ha obligado a muchas personas a huir de sus hogares, alejándose de los centros de salud disponibles. Además, a medida que los fondos para el sistema de salud se evaporan, los hospitales y clínicas existentes antes de los combates tratan a duras penas de permanecer abiertos.
Se estima que una de cada tres personas en está desplazada en este país o vive como refugiada fuera de este. En ambas circunstancias, conseguir diagnóstico y tratamiento para la tuberculosis es increíblemente difícil.
La mayoría de los pacientes en Malakal han debido desplazarse varias veces debido al conflicto. Cada vez que la línea del frente se acerca a una población, las familias toman lo que pueden y huyen hacia la zona boscosa. Para los pacientes con tuberculosis, esto puede significar perder la posibilidad de tener medicamentos vitales y asistencia médica.
Sin tratamiento, las bacterias de la tuberculosis pueden adaptarse, crecer, fortalecerse y desarrollar inmunidad a los medicamentos más comunes. Cuando esto ocurre, los equipos de MSF necesitan encontrar fármacos alternativos, que a veces pueden ser tóxicos, con lo que se requiere que estos casos se monitoricen de cerca. Con estas complicaciones añadidas, los pacientes tardan más en recuperarse.
El estrés que provoca vivir en una zona de guerra aboca a muchas personas al consumo de alcohol y otras sustancias. Para algunos de los habitantes del PoC de Malakal, ese es el único modo de liberar las presiones del día a día de un conflicto. "El abuso del alcohol agrava los efectos de la tuberculosis, ya que debilita el sistema inmunológico, disminuido ya por la desnutrición", dice Aichner. Además, el consumo excesivo de alcohol también puede afectar a la medicación y causar daño hepático".
Muchos de los pacientes que están en la sala de aislamiento del hospital de MSF admiten que beben mucho y que gastan hasta seis dólares a la semana en alcohol. Esta es una suma colosal en un lugar donde hay pocos empleos y casi todos sobreviven gracias a la asistencia de organizaciones humanitarias. "Muchos bebedores terminan por vender sus raciones de comida para comprar marisa, el alcohol local", añade el médico.
Para muestra, el relato de un joven de 27 años que vive desplazado en el PoC de Malakal: "Bebía alrededor de medio litro de marisa todos los días. Empecé a sentirme mal y a toser. Perdí el apetito y he perdido peso. En total, he pasado tres semanas en el hospital".

Huir hacia Sudán
La tuberculosis se ha extendido hacia el norte y cruzado la frontera hacia los campamentos de refugiados en el estado del Nilo Blanco (en Sudán) por medio de los refugiados que huyen de la violencia. Solo en 2017, 53.000 personas buscaron refugio en estos asentamientos. A algunos de ellos les llevó tres semanas hacer el viaje a través de la frontera hasta el mega campo de Khor al Wharal, al que llegaron débiles y desnutridos.

MSF brinda atención en ambos lados de la frontera a lo largo de la ruta principal de migración. Los equipos trabajan arduamente para cubrir las necesidades médicas de la población, muy cambiantes debido al gran flujo de refugiados. El programa de tuberculosis se desarrolla en el lado sudanés de la frontera en los campos de refugiados de Khor al Wharal y Al - Kashafa.
La mayoría de los refugiados viven con una dieta basada casi exclusivamente en el sorgo. La mala nutrición puede llevar a un paciente recuperado de tuberculosis a una recaída, ya que su sistema inmunológico permanece debilitado. Este círculo vicioso puede repetirse una y otra vez.
"El tratamiento puede ser difícil, especialmente para los refugiados que no tienen acceso a una buena alimentación", explica Yumo Arop, auxiliar clínico de MSF en Khor al Wharal. "Cuando alguien comienza a tomar sus medicamentos, su apetito aumenta repentinamente. Pero si no tienen qué comer, el hambre pude provocar terribles dolores, con lo que muchos pacientes dejan de tomar sus medicamentos por completo".
En 2016, MSF desarrolló un programa especializado de tratamiento y capacitación en tuberculosis para el Ministerio de Salud. Los logros fueron inmediatos en 2017: de los 190 pacientes en tratamiento de tuberculosis en el campamento de refugiados de Khor al Wharal, el 66% se recuperó completamente.

Si bien la tasa de infección de TB es definitivamente mayor en la población de refugiados, la comunidad local de acogida también se está beneficiando del tratamiento avanzado que ofrece MSF. Hameia Hamed Kameh, una anciana sudanesa, ha visto cómo ha cambiado su vida después de haber dejado la cama donde la tenía postrada la tuberculosis que afecta a su columna vertebral. "Con la ayuda de mis amigos y familiares, fui al hospital de MSF. Otros médicos cobran mucho dinero por la atención, y además me diagnosticaron mal. El tratamiento de MSF es gratuito", dice.

La guerra en Sudán del Sur ha tenido un coste enorme para su gente y ha convertido una enfermedad tratable como la tuberculosis en un desastre mortal para la salud pública. La comunidad internacional debe hacer más para apoyar los sistemas de salud en Sudán del Sur, especialmente en lugares como el estado del Alto Nilo. La inversión en atención médica (personal sanitario, instalaciones y suministros) puede traer un cambio real a la vida de estas personas, incluso en los momentos más sombríos.


lunes, 17 de diciembre de 2018


Los cuatro últimos años han sido los más calurosos de la Historia reciente

Los cuatro últimos años han sido los más calurosos registrados hasta la fecha, según ha confirmado la Organización Meteorólica Mundial (OMM), en la antesala de la conferencia del cambio climático (COP24) que se celebra en Polonia desde este fin de semana. El informe "State of the Gobal Climate 2108", confirma que el año en curso será el cuarto más cálido, con temperaturas de 0,98 grados por encima de la era preindustrial.

Los 20 años más calurosos se han registrado precisamente desde 1996. La OMM advierte que la temperatura global puede subir de tres a cinco grados con la tendencia acutal de aquí a finales de siglo, muy por encima de la "línea roja" de los dos grados fijados por el acuerdo de París (y del compromiso de perseguir esfuerzos para limitar la subida a 1,5 grados).

Las emisiones de gases invernadero han alcanzado un nuevo récord, después de la "estabilización" experimentada en los últimos cuatro años. La OMM estima que el mundo debe triplicar sus esfuerzos para no superar el "límite" de los dos grados, y multiplicarlos por cinco para no superar la línea de seguridad de 1,5 grados.

"No estamos ni mucho menos en el camino para alcanzar los objetivos ante el cambio climático", ha advertido el secretario general de la OMM Petteri Taalas. "Si explotamos todos los recursos de combustibles fósiles, las temperaturas subirán considerablemente por encima".

"Somos la primera generación que entiende el alcance del cambio climático y la última generación que será capaz de hacer algo para paliar los efectos", ha advertido el meteorólogo finlandés, en una renovada llamada a la acción a los líderes políticos.

Según el último informe de la OMM, el fenómeno meteorológico conocido como La Niña, que contribuye a un descenso de las temperaturas en la superficie del mar, ha mitigado hasta cierto punto el calentamiento global en el 2018. En el 2019, sin embargo, existe un 80% de posibilidades de que vuelva a producirse el contrapunto, conocido como El Niño, con un aumento de las temperaturas en el Océano Pacífico que suele provocar olas de calor en Australia, inundaciones en Suramérica y sequías en Asia y África.

La subida de las temperaturas han disparado los episodios de clima extremo en el último año, con 70 ciclones tropicales (frente a la media de 53) que han afectado sobre todo a Vietnam, Filipinas y Corea y huracanes en el Caribe y en las costas norteamericanas. Las olas de calor golpearon el centro y el norte de Europa, con incendios devastadores en Grecia, Suecia, Canadá y California. Las inundaciones intensificaron en regiones como el este de África y Japón y forzaron el desplazamiento de hasta 1,4 millones de personas en Kerala (India).

"Cada fracción de un grado significa una gran diferencia para la salud humana y para el acceso a comida y agua potable", advierte en declaraciones en The Guardina la subsecretaria general de la OMM, Elena Manaenkova. "Estamos hablando también de la extinción de animales y de la desaparición de las barreras coralinas y de la vida marina".

El informe State of the Global Climate 2018 advierte también sobre los efectos de la desaparición del hielo en el Artico, que alcanzó el tercer mínimo histórico en marzo y el sexto nivel mínimo en septiembre. La OMM abvierte que los mares están absorbiendo una cantidad récord de calor y que el proceso de acidificación oceánica se está intensificando.

martes, 2 de octubre de 2018




Una élite de EE UU criada en excesos, alcohol y machismo

Las acusaciones de abusos sexuales contra Brett Kavanaugh, el juez nombrado por Trump al Supremo, ponen el foco en el ambiente estudiantil en que se forman ciertos líderes

El privilegio se respira en este colegio, que se extiende por 38 hectáreas de césped perfectamente cortado y cuenta, entre otras instalaciones, con un campo de golf de nueve hoyos, pabellón de baloncesto, cuatro canchas de entrenamiento, campos de béisbol, de lacrosse, de fútbol y de fútbol americano, así como pista de atletismo cubierta, piscina olímpica, zona de trampolines y un estudio de grabación profesional. En la escuela de secundaria Georgetown Preparatory, enraizada en la tradición jesuita, cada clase comienza con una oración y la matrícula se paga a más de 32.000 euros, casi el doble para los internos. Situada en la zona de Maryland limítrofe con Washington DC, una de las más ricas del país, el centro lleva, como recuerdan los carteles repartidos por su perímetro vallado, formando “hombres para los otros desde 1789”.
Aquí pasó su adolescencia Brett Kavanaugh, el hombre designado por Donald Trump para juez del Supremo y que el jueves, entre lágrimas y muecas de rabia, compartió con todo el país sus intimidades de la época. Lo que sucedió o no sucedió una noche de verano en esos tiempos, en los que Christine Blasey Ford acusa al juez de haber intentado violarla, sigue copando el debate nacional.
Otra mujer, Deborah Ramírez, acusa al juez de haberla agredido sexualmente en la universidad de Yale, donde ambos estudiaron. Y una más, Julie Swetnick, de haber estado presente cuando la violaron en una fiesta de secundaria. A ellas se suma otra denuncia anónima. Todas tienen en común un contexto de ingesta de alcohol que muchos describen como irrespetuoso con las mujeres. Las acusaciones contra Kavanaugh, que él engloba en una campaña de difamación orquestada por los demócratas, han vuelto a poner el foco en la cultura de excesos y de abuso a las mujeres en los exclusivos centros donde se forman las élites del país.
“El modelo de doctor Jeckyll y míster Hyde es algo muy común en esos ambientes”, asegura Terry MacMullan, profesor de Filosofía de la Eastern University de Washington, que se graduó en Georgetown Preparatory en 1990, siete años más tarde que Kavanaugh. “Chicos estudiosos, educados, píos en la iglesia… pero tocabas un botón en su cabeza y, cuando se iban de fiesta, se convertían en otros”. MacMullan señala dos factores que pueden explicar esa especie de “psicosis”. “Allí, las pasiones eran exageradamente altas”, explica. “En lo académico, todo el mundo se esforzaba al máximo. No querías un notable, querías la mejor nota. En el campo deportivo, igual. Era un anhelo constante de excelencia. Y, al desaparecer la presión, eso se replicaba en comportamientos extremos cuando estabas de fiesta. No valía con beber unas cervezas, tenías que beber hasta vomitar y luego seguir bebiendo. Era todo al límite, y eso te llevaba a verte involucrado en comportamientos muy extremos y destructivos”.
El segundo factor tiene que ver con una determinada concepción de las mujeres. “Pesaba una idea arraigada en el catolicismo de que las mujeres o son bellas y perfectas, como la virgen María, o son Jezabel”, explica. “No había chicas en el colegio, solo hablábamos de ellas, eran algo mítico. Les negábamos la oportunidad de ser personas. Eran solo el objeto de nuestros sentimientos, de nuestros deseos”.
En una consulta encargada por 27 universidades que constituyen la élite de la educación superior estadounidense y respondida por más de 1.500 alumnos, el 26% de las estudiantes declaró haber sido víctima de abusos sexuales mediante fuerza, amenazas o incapacitación (con drogas o alcohol). El 16,5% afirmó haber sido violada. Se trata de números algo más altos que los registrados en el mismo estudio hace dos años (23% y 10%, respectivamente).
Si se incluyen los intentos de agresión, como el que Christine Blasey Ford denuncia, una de cada tres estudiantes que participó en la consulta aseguró haber sido víctima en algún momento de su carrera. En cuanto al acoso sexual, entendido como un “comportamiento que interfiere en el rendimiento académico de la víctima o crea un entorno de trabajo intimidatorio”, el 62% dice haberlo sufrido en algún momento de su carrera.
El porcentaje de víctimas que acude a las autoridades universitarias a denunciar los abusos es bajo, según la encuesta realizada por la empresa Westat. En el caso de la violación es un 25,5%, pero solo denuncia una pequeña parte de las víctimas de tocamientos con fuerza física (7%) o incapacitación (5%). La principal razón que alegan para no haber denunciado es que no consideraban que era lo suficientemente grave.
MacMullan, que advierte de que “no era una cultura monolítica” y apunta que la cosa cambió cuando en 1986 se elevó la edad mínima de consumo de alcohol, es uno de los 300 exalumnos de elitistas escuelas privadas de la zona que han firmado una carta abierta a Ford. “Te creemos”, le escriben. “Hemos escuchado tu historia y a ninguno nos sorprendió. Es la historia de nuestras vidas y de las vidas de nuestros amigos”.
En medio del revuelo, el presidente del colegio, el reverendo James R. Van Dyke, escribió una carta a la comunidad escolar en la que admitía que es hora de “hablar honesta y francamente” con los alumnos “sobre el respeto a los otros, especialmente a las mujeres y a otras personas marginadas”. Es hora, añadió, de promover “una comprensión saludable de la masculinidad, en contraste con muchos de los modelos culturales y caricaturas que ven”.
Georgetown Preparatory podía sacar pecho en la era Trump. El hombre que colocó el presidente al frente de la Reserva Federal, Jerome Powell, es antiguo alumno. También los serán, si el pleno del Senado aprueba el nombramiento de Kavanaugh, dos de los nueve jueces del Supremo. Y cuatro de ellos son licenciados en Yale, la prestigiosa universidad del Estado de Connecticut en cuya facultad de Derecho ingresó Kavanaugh en 1983.
Las fraternidades son incubadoras de ambiciones y Kavanaugh se unió a la Delta Kappa Epsilon (DKE), fundada en 1844, entre cuyos ilustres miembros se encuentran George Bush padre e hijo. Los hermanos de la fraternidad son conocidos como los “meat heads” ("cabezas de carne"), comenta Dan, que prefiere no dar su apellido y que estudió en Yale antes de que surgiera el movimiento contra los abusos sexuales en las universidades. “Les llaman así porque eran una panda de brutos”, explica. “A las estudiantes les daba miedo acercarse a sus fiestas. Se bebía mucho”.
La fraternidad está ahora prácticamente desmantelada. Una de sus dos propiedades, situada a menos de cinco minutos andando de la escuela de Derecho, acaba de ser reconvertida en residencia para estudiantes. “La vendieron antes del verano”, señala una inquilina. La fraternidad no anuncia ya actividades. En el campus explican que se debe a las múltiples denuncias que hay contra sus miembros. DKE ya fue objeto de una sanción, por la que la universidad cortó vínculos con la fraternidad durante cinco años, esperando un cambio de conducta y de cultura.
El juez llegó a Yale 15 años después de que se permitiera el acceso de las mujeres a la facultad. “Todo es muy diferente ahora”, asegura Joyce Maynard, que se matriculó por primera vez en Yale en 1971, pero tuvo que abandonar la carrera en el segundo curso. A los 64 años de edad ha vuelto a intentarlo. Lo que vio el viernes en televisión, asegura, “representa el pasado”. “Ahora la mitad de las estudiantes son mujeres y hay mucha diversidad”, explica. “Eso contribuirá a que Yale deje de ser vista como una escuela solo de machos y reservada a las élites”.


martes, 14 de agosto de 2018




Estados Unidos da la espalda a los idiomas extranjeros

Solo el 20% de los alumnos estadounidenses de colegios públicos aprende otra lengua en su etapa escolar, en comparación al 92% de los europeos

En casi la mitad de los países europeos es obligatorio que las escuelas enseñen un idioma extranjero durante al menos un año. Y donde no es ley, una amplia mayoría de colegios lo hace de todas formas. El 92% de los estudiantes aprende otra lengua, y el inglés domina la oferta y la demanda. Sin embargo, en Estados Unidos el interés por conocer otros idiomas no es correspondido. Solo el 20% de los alumnos recibe clases de un idioma extranjero, que suele ser español. Tiene sentido en un país donde hay 40 millones de hispanohablantes.

Sèbastien Lefort, matemático francés de 37 años, aprendió inglés y un alemán ramplón cuando estudió en un colegio público en Metz. Su hija de seis años ya tiene clases de inglés y a los 12 podrá escoger un segundo idioma para agregar a su currículo. En Francia, al igual que en otros seis países europeos, el 100% de los estudiantes de primaria y secundaria aprenden un segundo idioma, según Eurostat. Lefort aclara que la enseñanza que él recibió no fue de calidad, dando crédito a la fama que tienen sus compatriotas. “En Francia, durante mucho tiempo, a nadie le importaba hablar inglés, por lo que hay muchos profesores de la vieja escuela que simplemente no lo hablan”. Ahora ve que su hija va mejor encaminada porque a pesar de su corta edad ya ha viajado fuera del país y entiende que existe solo una llave para comunicarse globalmente: el inglés.

En Europa, los estudiantes suelen comenzar a estudiar su primera lengua extranjera como asignatura obligatoria entre los 6 y los 9 años. Además, 20 países tienen en sus planes lectivos un segundo idioma extranjero en el instituto, según un informe de Pew Research Center. El 92% de los estudiantes del Viejo Continente aprende una segunda lengua en la escuela —en España un 96%—, que es mayoritariamente inglés, seguido por francés y alemán. Un panorama totalmente distinto al de las aulas de Estados Unidos. En los 50 Estados que integran la primera potencia mundial, solo el 20% de los estudiantes de K-12 (como se denomina a la educación primaria y secundaria) tienen clases de idiomas extranjeros, según el Consejo Americano de Educación de 2017. La académica Aneta Pavlenko explica que esa diferencia radica en la baja motivación. “Cuando viajan, los suecos y los holandeses no esperan alojarse en un sitio donde hablen su propio idioma. Los estadounidenses no tienen ese problema”. La experta considera que la mayor desventaja de que Estados Unidos no hable otro idioma —algo que está cambiando con la fuerte presencia del español— es que no acceden a información y perspectivas distintas de los nacionales. “Los estadounidenses están relegados a recibir noticias de segunda mano sobre el resto del mundo”, concluye.

Hay Estados y ciudades de EE UU donde sí se han implementado normativas que incluyen la enseñanza de un idioma distinto del inglés para graduarse en el instituto. En California, por ejemplo, es obligación cursar un curso de artes o un idioma extranjero (entre los que se incluye el lenguaje de señas estadounidense) para lograr la titulación. En el caso de los alumnos de Oklahoma pueden optar por cursar dos años de la misma lengua extranjera o bien recibir clases de informática. Por el contrario, los estudiantes de Nueva Jersey, la ciudad ejemplo, deben obtener “al menos cinco créditos en idiomas del mundo” para poder terminar el ciclo formativo.

En total, diez Estados y el Distrito de Columbia exigen una lengua extranjera para obtener el título, los requisitos de otros 24 Estados permiten elegir entre un segundo idioma u otro tipo de cursos y 16 Estados no exigen ningún tipo de requisito relacionado con el aprendizaje de un segundo idioma.

En EE UU no existe una normativa nacional respecto a la enseñanza de idiomas, como sí ocurre en la mayoría de los países europeos. Los requisitos se establecen principalmente en el distrito escolar o en lo estatal. Nueva Jersey presume de ser la ciudad con la mayor tasa de alumnos que estudian un segundo idioma, con un 51%, seguido por el Distrito de Columbia, la capital del país (47%), y Wisconsin (36%). Al otro lado del Atlántico, Bélgica tiene el porcentaje europeo más bajo de estudiantes que aprenden otro idioma con un 64%.
La comparativa puede resultar injusta considerando que el inglés es el idioma más poderoso del mundo. No por tener el mayor número de hablantes nativos —el mandarín y el español tienen más—, sino por ser la segunda lengua más extendida, con cerca de 1.500 millones de angloparlantes. El estadounidense, además, no considera que aprender un idioma sea necesario para triunfar laboralmente. Solo para el 36% de los estadounidenses hablar un idioma extranjero es importante para tener éxito en el trabajo. Casi el mismo porcentaje que saber usar las redes sociales (37%), según otro estudio de Pew Research Center.


jueves, 2 de agosto de 2018



Cuando Chile quiso vender la Isla de Pascua a los nazis

El país sudamericano necesitaba dinero en 1937 para comprar dos cruceros. La revelación está incluida en el libro ‘Rapa Nui. Una herida en el océano’, de Mario Amorós

Chile buscó vender a la Isla de Pascua a la Alemania nazi. Reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, a unos a 3.500 kilómetros de distancia de América en medio del Pacífico, fue ofrecida por el país sudamericano al régimen de Adolf Hitler para conseguir el dinero y poder comprar dos cruceros para la Armada, que en esa época tenía el control de la isla. Sucedió en 1937, pero la operación fue tratada como un secreto de Estado por el Gobierno conservador chileno, liderado por Arturo Alessandri. Ochenta y un año después de la asombrosa oferta, sin embargo, la historia se desvela en el libro Rapa Nui. Una herida en el océano (Ediciones B), del escritor español Mario Amorós, que se presentará en Santiago de Chile el 9 de agosto y en la isla, el día 14.
Rapa Nui o isla de Pascua, como se le llama indistintamente a uno de los pedazos de tierra habitados más aislados del planeta, había pasado a ser parte del territorio chileno en 1888, pero recién en 1966 el Estado le reconoció los derechos civiles y políticos. En la década del treinta, cuando sucedieron las negociaciones con la Alemania nazi, “para el Chile continental la isla era sobre todo un lugar marcado por el estigma de la lepra y para el poder político, un lugar lejano, cedido a la Armada y arrendado a una compañía privada, con muy escaso valor”, señala Amorós. Esta percepción explica en parte la decisión del Gobierno de Alessandri que todavía azotado por la crisis económica de 1929, necesitaba el dinero para reforzar la defensa marítima del país: las Fuerzas Armadas temían una alianza militar en su contra que uniera a Perú, Bolivia y Argentina. La reciente contratación de la construcción por parte de Argentina de ocho barcos de guerra en el Reino Unido había despertado “la envidia” de la Armada chilena y de la Administración de Alessandri, según detalla el libro, por lo que estaban decididos a reforzarse militarmente.
Fue el contexto en que a lo largo de 1937 el Gobierno de Alessandri ofreció la venta de Isla de Pascua, al mejor postor, a Estados Unidos, Japón, Reino Unido y la Alemania nazi. Hasta ahora eran conocidas solo las dos primeras negociaciones, pero no las conversaciones con el régimen de Hitler, al que Chile le había comprado recientemente 36 aviones para la Fuerza Aérea “de manera arbitraria e incurriendo en prácticas corruptas”, según se detalla en Rapa Nui. Una herida en el océano. Amorós cuenta que fue en el marco del XVI Congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos de 2011, en San Fernando (Cádiz), cuando el profesor húngaro Ferenc Fischer, especialista en la historia de las Fuerzas Armadas chilenas, presentó una ponencia referida a las negociaciones secretas mantenidas por ambos países entre 1935 y 1939 que abordaron la oferta de venta de la isla.
Fischer encontró un documento en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores en Bonn que resumía una entrevista entre el embajador de Hitler en Chile y el entonces ministro chileno de Relaciones Exteriores, José Ramón Gutiérrez Alliende, que se celebró el 14 de agosto de 1937. En ese encuentro, explica Amorós, la Alemania nazi buscaba confirmar las intenciones del Gobierno chileno de venderles la isla. Aunque de esta conversación no quedó ningún registro en el archivo histórico de la cancillería chilena, según pudo constatar el autor del libro, existen otros documentos que entregan mayores detalles de la operación que buscaba concretar el país sudamericano.
El 17 de noviembre de 1930, el agregado naval estadounidense en Chile, I.H. Mayfield, informó a su país de la oferta de Chile y que el precio solicitado por la isla era de un millón de dólares. En un nuevo informe estadounidense fechado el 8 de junio de 1937, el nuevo agregado naval de Estados Unidos en el país sudamericano, A.S. Merrill, envió a sus autoridades un escrito de carácter confidencial de dos páginas en que señala que el presidente Alessandri había decidido ofrecer la venta o el arriendo de Rapa Nui para “financiar la construcción de dos cruceros en el extranjero”. En el escrito se indica que Chile había ofrecido la isla a otros tres países –Reino Unido, Alemania y Japón– y que la operación había sido propuesta a Alessandri por el entonces comandante en jefe de la Armada, Olegario Reyes del Río.
Ninguna de las negociaciones secretas llegó a prosperar, aunque solo se conocen las razones del lado británico, explica el autor de Rapa Nui. Una herida en el océano. “Descartaron la compra de la isla porque consideraron que su valor, desde el punto de vista naval, era escaso. No obstante, tanto Londres como Washington estimaron que era conveniente que ni Japón, ni Alemania, ni tampoco Italia (las futuras potencias del Eje), se hicieran con la isla”, explica Amorós, que en su libro recorre la historia de Rapa Nui, con su patrimonio cultural y arqueológico invaluable, desde el origen de su poblamiento humano hasta la actualidad, “cuando el pueblo rapanui busca redefinir su relación con el Estado de Chile”. El autor se refiere a la querella que el Consejo de Ancianos del Pueblo Rapa Nui y el Consejo de Jefes de Clanes de la Isla presentó en 2015 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para conseguir la devolución de tierras ancestrales y el control de los recursos naturales.