martes, 12 de febrero de 2019
jueves, 7 de febrero de 2019
El
mar está cambiando de color
El cambio climático está afectando al
fitoplancton marino, lo que altera el espectro de luz solar reflejada
Para finales de
siglo, gran parte del mar habrá cambiado de color. El fitoplancton marino, la
base de los océanos, está sufriendo el impacto del cambio climático,
alterando su composición y distribución. Estos organismos usan clorofila para
sintetizar la energía solar, siendo responsables de la porción verde del agua.
Ahora, un estudio ha elaborado un modelo sobre cómo será el color de los
océanos a lo largo del siglo según le vaya al fitoplancton. Con el
calentamiento, los mares seguirán siendo azulados o verdosos, pero con nuevas
tonalidades. Y el cambio de color indica toda una cadena de cambios en la vida
marina.
El mar es azul
porque refleja la luz azul. Cuando los rayos solares inciden sobre las
moléculas de agua la mayor parte del espectro de la luz (el arcoíris en el que
se descompone) es absorbida. Solo la banda del azul (en torno a los 443
nanómetros de la longitud de onda) rebota y, como sucede con el cielo, el mar
se ve azul. Pero no es un color puro, en realidad todo son tonos de azulados a
verdosos, con el turquesa entre medias. Y es así porque en el mar no solo hay
agua, también hay plantas, microorganismos y otros tipos de materia orgánica
que le dan su paleta de colores.
El fitoplancton
era, según se consideraba hasta no hace mucho, un conglomerado de algas
microscópicas que, como el resto de vegetales, cuentan con un pigmento verde,
la clorofila, para realizar la fotosíntesis. Y esto hace que la luz que más
refleje sea el verde, de ahí las tonalidades verdosas de muchas partes de los
mares. Aunque ahora los biólogos han complicado las cosas y en ese conglomerado
también habría cianobacterias y protistas, todos estos microorganismos viven de
la energía que obtienen de la luz y solar y, para sintetizarla, también usan la
clorofila, reforzando los tonos verdes. Desde hace unas décadas, la observación
desde satélites ha servido para inferir la presencia de clorofila como
indicador de la biodiversidad marina.
Ahora, un grupo de investigadoras de universidades de EE UU y
Europa han elaborado un modelo para estudiar cómo está afectando el cambio
climático al fitoplancton y, por tanto, al color del mar. La mayor parte del
calentamiento global lo están absorbiendo los océanos. Se estima que, de no
hacer nada para reducir las emisiones de CO2, la temperatura
media global de la superficie marina suba en 3º para finales de siglo. De ser
así, se producirían una serie de impactos en el ciclo de la base de la vida
oceánica, el fitoplancton. Bueno, ya se estarían produciendo.
"El
calentamiento de los océanos altera la circulación oceánica y la porción [de
aguas] del océano profundo que emerge a la superficie. El fitoplancton necesita
la luz (su fuente de energía) y nutrientes. Y la mayor parte de esos nutrientes
viene de las profundidades", explica en un correo la investigadora del
Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y principal autora del
estudio, Stephanie Dutkiewicz.
"Los cambios inducidos por el calentamiento están provocando que lleguen
menos nutrientes a la capa superficial, por lo que lo más probable es que el
fitoplancton disminuya en muchas partes del océano", añade esta experta en
la biogeoquímica del mar.
Uno de los procesos
biogeoquímicos más afectados por el cambio climático es el de la circulación oceánica: conforme a las diferencias de temperatura,
las aguas se mueven tanto verticalmente (en profundidad) como en latitud (hacia
y desde los polos). Con el calentamiento, esta circulación se está
ralentizando, aumenta la estratificación de la columna de agua y se reduce la
mezcla de aguas profundas y superficiales. Todo esto explica que la aportación
de nutrientes, en particular los macronutrientes, se esté reduciendo.
"Las temperaturas también afectan a cómo de rápido crece el
fitoplancton. Algunas especies adaptadas al agua caliente lo hacen más rápido
que otras adaptadas a las más frías. Así que, con un océano más cálido en las
regiones donde haya más nutrientes, unas aguas más calientes pueden aumentar la
cantidad de fitoplancton", recuerda Dutkiewicz. Así que habrá cambios
regionales en la composición, cantidad y distribución de las comunidades de
microorganismos marinos que colorean el agua.
Según los
resultados del estudio, publicado en Nature Communications,
buena parte del océano ya está cambiando de color y, para 2100, estiman que
hasta algo más del 50% de la superficie marina podría tener otro color.
"Los cambios serán muy sutiles, el ojo humano probablemente no los vea,
pero sí los sensores ópticos", aclara la investigadora del MIT. "Sí,
el mar seguirá siendo azul. Algunas regiones, grandes zonas al norte y al sur
del ecuador, los giros subtropicales, serán posiblemente más azules,
incluso", añade. Mientras, el verde se hará más presente en las aguas polares
y en las aguas costeras tropicales donde el fitoplancton lleve mejor el calor.
El modelo que han
usado para estudiar la evolución del color se venía utilizando para predecir
los cambios en el fitoplancton, las explosiones locales de algas o la acidificación
oceánica. Ahora, en los parámetros que han incluido han sumado otros elementos
presentes en el agua, además de la clorofila. En particular, detritus y otra
materia orgánica disuelta. Reconocen, sin embargo, que para acertar mejor con
el color del mar del futuro habrá que incluir otros constituyentes
microscópicos del agua marina, como son las bacterias, los minerales o la
propia salinidad del mar.
Jefferson Keith
Moore, biólogo marino en la Universidad de California en Irvine, publicó el año
pasado un estudio en la revista Science sobre los
efectos del cambio climático en el fitoplancton y las consecuencias globales de
su reducción. También publicó un resumen del mismo en la web del Foro Económico Mundial, Las plantas del mar, como llama al
fitoplancton, necesitan, además de sol, nutrientes como nitrógeno o fósforo. Si
la circulación oceánica es frenada por el calentamiento global, estos
nutrientes no llegarán a la superficie. Aunque el estudio se remite a un
escenario temporal algo lejano (el año 2300), sus resultados muestran que, al
haber menos plantas, habrá menos zooplancton (animales microscópicos) de los
que puedan alimentarse los peces pequeños, que reducirán sus poblaciones,
lo que pondría en aprietos a los depredadores más grandes, como delfines,
tiburones o humanos. Y todo empezará con un cambio en el tono del azul del mar.
martes, 18 de diciembre de 2018
Tuberculosis, la enfermedad de los vulnerables de Sudán del Sur
En 2017, murieron 3.510
personas, según cifras oficiales
De una población de 20.440 personas potencialmente
infectadas, se diagnosticaron 11.364 casos nuevos y murieron 3.510 personas en
2.017.
Primero
viene una tos seca, con mocos y sangre. Luego, las bacterias infectan los
pulmones comiéndose los tejidos. Llegan los sudores nocturnos y la fiebre
aumenta. Al cabo de los días, el cansancio es extremo y viene acompañado por
falta de apetito y la consecuente pérdida de peso. Si no se trata, la tuberculosispulmonar debilita gravemente a
las personas, que terminan demacradas. Finalmente, los pulmones se llenan de líquido, causando
insuficiencia respiratoria crónica. En esa etapa, el tratamiento es ya inútil.
El paciente morirá.
En
los campos de refugiados de Sudán del Sur, estos síntomas
son reconocibles para la mayoría de las personas; saben que deben acudir a un
médico tan pronto como aparezcan y se sientan enfermas.
En la
sala de aislamiento del hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el campo de
Protección de Civiles (PoC) de Malakal, hay un joven sentado junto a su cama:
enjuto y con un traje sucio y mal ajustado. A su lado, su anciana madre se
preocupa por su aspecto y, como todos los visitantes de la sala, lleva una
máscara en la boca para prevenir la propagación de la tuberculosis.
A pesar
de la insistencia de la mujer, que le dice que se está recuperando, el joven se
ve frágil y apenas habla. Es tan delgado que se ata un trozo de cuerda
alrededor de la cintura para sujetarse el su pantalón. En el suelo, tiene un
cuenco que usa como escupidera. La enfermedad ha avanzado, pero todavía existe
la posibilidad de que se recupere, aunque solamente lo logrará con medicación y
tratamiento adecuado.
MSF
brinda tratamiento contra la tuberculosis tanto para los desplazados del PoC
como para los habitantes de la ciudad vecina. De una población de 20.440
personas potencialmente infectadas, se diagnosticaron 11.364 casos nuevos y
murieron 3.510 personas en 2017, según cifras oficiales. Esto representa una
cifra en Sudán del Sur aproximadamente 13 veces mayor que la media de la Unión
Europea.
Sin
embargo, es casi imposible encontrar cifras precisas sobre casos de
tuberculosis debido al constante movimiento de la población que huye de la
violencia y a la falta de instalaciones médicas en las zonas inestables. Así
que el número de casos podría ser aún mayor.
La
tragedia de la nación más joven de África es que la tuberculosis se puede
tratar, incluso en sus etapas avanzadas, "pero en un campo de
refugiados, donde las personas se amontonan en chozas,
viviendo unas encima de otras, la enfermedad se transmite fácilmente.
La tuberculosis es principalmente una enfermedad de los vulnerables",
explica Harry Aichner, médico de MSF en Malakal.
"Muchas
personas viven con tuberculosis latente; pero tienen un sistema inmunológico
fuerte y pueden vivir mucho tiempo sin que se detecte o enfermen", añade
desde el hospital de MSF.
Hay
muchas formas de tuberculosis, pero en Sudán del Sur la pulmonar es el tipo más
diagnosticado y representa el 80% de los casos.
Podría
decirse que los pacientes de tuberculosis en Malakal tienen suerte, porque
tienen acceso a servicios de salud. No obstante, las condiciones de vida en el
asentamiento son terribles. El campo ha estado siempre densamente poblado.
Actualmente, el área de asentamiento de cada persona es de
17 metros cuadrados de media, cuando el estándar humanitario mínimo
es de 30 metros cuadrados. Hace dos años la población era el doble de lo que es
ahora y vivía en la mitad de espacio. Son las condiciones perfectas para la
propagación de la tuberculosis pulmonar.
"Estaba
teniendo fiebre, esta iba y venía. Creo que me contagié de un amigo. Me han
dicho que estaré bajo cuidado durante tres semanas", apunta un hombre de
unos 30 años.
Muchas de estas personas han perdido sus hogares y han sido testigos de cómo
el conflicto se cobraba la vida de amigos y familiares. Los hombres en edad de
luchar en el frente tienen miedo de abandonar el campamento, que está protegido
por la ONU, por temor a ser reclutados en una de las milicias, o directamente
asesinados.
Resistencia
a los medicamentos y tratamiento tóxico
La guerra
civil en Sudán del Sur ha obligado a muchas personas a huir de sus hogares,
alejándose de los centros de salud disponibles. Además, a medida que los fondos
para el sistema de salud se evaporan, los hospitales y clínicas existentes
antes de los combates tratan a duras penas de permanecer abiertos.
Se estima
que una de cada tres personas en está desplazada en este país o
vive como refugiada fuera de este. En ambas circunstancias, conseguir
diagnóstico y tratamiento para la tuberculosis es increíblemente difícil.
La
mayoría de los pacientes en Malakal han debido desplazarse varias veces debido
al conflicto. Cada vez que la línea del frente se acerca a una población, las
familias toman lo que pueden y huyen hacia la zona boscosa. Para los pacientes
con tuberculosis, esto puede significar perder la posibilidad de tener
medicamentos vitales y asistencia médica.
Sin
tratamiento, las bacterias de la tuberculosis pueden adaptarse, crecer,
fortalecerse y desarrollar inmunidad a los medicamentos más comunes. Cuando
esto ocurre, los equipos de MSF necesitan encontrar fármacos alternativos, que
a veces pueden ser tóxicos, con lo que se requiere que estos casos se
monitoricen de cerca. Con estas complicaciones añadidas, los pacientes tardan
más en recuperarse.
El estrés
que provoca vivir en una zona de guerra aboca a muchas personas al consumo de
alcohol y otras sustancias. Para algunos de los habitantes del PoC de Malakal,
ese es el único modo de liberar las presiones del día a día de un conflicto.
"El abuso del alcohol agrava los efectos de la tuberculosis,
ya que debilita el sistema inmunológico, disminuido ya por la
desnutrición", dice Aichner. Además, el consumo excesivo de alcohol
también puede afectar a la medicación y causar daño hepático".
Muchos de
los pacientes que están en la sala de aislamiento del hospital de MSF admiten
que beben mucho y que gastan hasta seis dólares a la
semana en alcohol. Esta es una suma colosal en un lugar donde hay
pocos empleos y casi todos sobreviven gracias a la asistencia de organizaciones
humanitarias. "Muchos bebedores terminan por vender sus raciones de comida
para comprar marisa, el alcohol local", añade el médico.
Para
muestra, el relato de un joven de 27 años que vive desplazado en el PoC de
Malakal: "Bebía alrededor de medio litro de marisa todos los días. Empecé
a sentirme mal y a toser. Perdí el apetito y he perdido peso. En total, he
pasado tres semanas en el hospital".
Huir
hacia Sudán
La
tuberculosis se ha extendido hacia el norte y cruzado la frontera hacia los
campamentos de refugiados en el estado del Nilo Blanco (en Sudán) por medio de
los refugiados que huyen de la violencia. Solo en 2017, 53.000 personas
buscaron refugio en estos asentamientos. A algunos de ellos les llevó tres
semanas hacer el viaje a través de la frontera hasta el mega campo de Khor al
Wharal, al que llegaron débiles y desnutridos.
MSF
brinda atención en ambos lados de la frontera a lo largo de la ruta principal
de migración. Los equipos trabajan arduamente para cubrir las necesidades
médicas de la población, muy cambiantes debido al gran flujo de refugiados. El
programa de tuberculosis se desarrolla en el lado sudanés de la frontera en los
campos de refugiados de Khor al Wharal y Al - Kashafa.
La
mayoría de los refugiados viven con una dieta basada casi exclusivamente en el
sorgo. La mala nutrición puede llevar a un paciente recuperado de tuberculosis
a una recaída, ya que su sistema inmunológico permanece debilitado. Este círculo vicioso puede repetirse una y otra vez.
"El
tratamiento puede ser difícil, especialmente para los refugiados que no tienen
acceso a una buena alimentación", explica Yumo Arop, auxiliar clínico de
MSF en Khor al Wharal. "Cuando alguien comienza a tomar sus medicamentos,
su apetito aumenta repentinamente. Pero si no tienen qué comer, el hambre pude
provocar terribles dolores, con lo que muchos pacientes dejan de tomar sus
medicamentos por completo".
En 2016,
MSF desarrolló un programa especializado de tratamiento y capacitación en
tuberculosis para el Ministerio de Salud. Los logros fueron inmediatos en 2017:
de los 190 pacientes en tratamiento de tuberculosis en el campamento de
refugiados de Khor al Wharal, el 66% se recuperó completamente.
Si bien
la tasa de infección de TB es definitivamente mayor en la población de
refugiados, la comunidad local de acogida también se está beneficiando del
tratamiento avanzado que ofrece MSF. Hameia Hamed Kameh, una anciana sudanesa,
ha visto cómo ha cambiado su vida después de haber dejado la cama donde la tenía
postrada la tuberculosis que afecta a su columna vertebral. "Con la ayuda de mis amigos y familiares, fui al
hospital de MSF. Otros médicos cobran mucho dinero por la atención, y además me
diagnosticaron mal. El tratamiento de MSF es gratuito", dice.
La guerra
en Sudán del Sur ha tenido un coste enorme para su gente y ha convertido una
enfermedad tratable como la tuberculosis en un desastre mortal para la salud
pública. La comunidad internacional debe hacer más para apoyar los sistemas de
salud en Sudán del Sur, especialmente en lugares como el estado del Alto
Nilo. La inversión en atención médica (personal
sanitario, instalaciones y suministros) puede traer un cambio real a la vida de
estas personas, incluso en los momentos más sombríos.
lunes, 17 de diciembre de 2018
Los cuatro últimos
años han sido los más calurosos de la Historia reciente
Los cuatro últimos años han sido los más calurosos registrados
hasta la fecha, según ha confirmado la Organización Meteorólica Mundial (OMM),
en la antesala de la conferencia del cambio climático (COP24) que se celebra en
Polonia desde este fin de semana. El informe "State of
the Gobal Climate 2108", confirma que el año en curso será el cuarto más cálido,
con temperaturas de 0,98 grados por encima de la era preindustrial.
Los 20 años más calurosos se han registrado precisamente desde
1996. La OMM advierte que la temperatura global
puede subir de tres a cinco grados con la tendencia acutal de
aquí a finales de siglo, muy por encima de la
"línea roja" de los dos grados fijados por el acuerdo
de París (y del compromiso de perseguir esfuerzos para limitar la subida a 1,5
grados).
Las emisiones de gases invernadero han alcanzado un nuevo
récord, después de la "estabilización" experimentada en los últimos
cuatro años. La OMM estima que el mundo debe triplicar sus esfuerzos para no
superar el "límite" de los dos grados, y multiplicarlos por cinco
para no superar la línea de seguridad de 1,5 grados.
"No estamos ni mucho menos en el camino para alcanzar los objetivos ante el cambio climático",
ha advertido el secretario general de la OMM Petteri Taalas. "Si
explotamos todos los recursos de combustibles fósiles, las temperaturas subirán
considerablemente por encima".
"Somos la primera generación que entiende el alcance del
cambio climático y la última generación que será
capaz de hacer algo para paliar los efectos", ha advertido el
meteorólogo finlandés, en una renovada llamada a la acción a los líderes
políticos.
Según el último informe de la OMM, el fenómeno meteorológico
conocido como La Niña, que contribuye a un descenso de las temperaturas en la
superficie del mar, ha mitigado hasta cierto punto el calentamiento global en
el 2018. En el 2019, sin embargo, existe un 80% de posibilidades de que vuelva
a producirse el contrapunto, conocido como El Niño, con un aumento de las
temperaturas en el Océano Pacífico que suele provocar olas de calor en
Australia, inundaciones en Suramérica y sequías en Asia y África.
La subida de las temperaturas han disparado
los episodios de clima extremo en el último año, con 70
ciclones tropicales (frente a la media de 53) que han afectado sobre todo a
Vietnam, Filipinas y Corea y huracanes en el Caribe y en las costas
norteamericanas. Las olas de calor golpearon el centro y el norte de Europa,
con incendios devastadores en Grecia, Suecia, Canadá y California. Las
inundaciones intensificaron en regiones como el este de África y Japón y
forzaron el desplazamiento de hasta 1,4 millones de personas en Kerala (India).
"Cada fracción de un grado significa una gran
diferencia para la salud humana y para el acceso a comida y
agua potable", advierte en declaraciones en The Guardina la subsecretaria
general de la OMM, Elena Manaenkova. "Estamos hablando también de la
extinción de animales y de la desaparición de las barreras coralinas y de la
vida marina".
El informe State of the Global Climate 2018 advierte también
sobre los efectos de la desaparición del hielo en el Artico, que alcanzó el
tercer mínimo histórico en marzo y el sexto nivel mínimo en septiembre. La OMM
abvierte que los mares están absorbiendo una cantidad récord de calor y que el
proceso de acidificación oceánica se está intensificando.
martes, 2 de octubre de 2018
Una élite de EE UU criada en excesos, alcohol y
machismo
Las acusaciones de
abusos sexuales contra Brett Kavanaugh, el juez nombrado por Trump al Supremo,
ponen el foco en el ambiente estudiantil en que se forman ciertos líderes
El privilegio se respira en este colegio, que se extiende por 38
hectáreas de césped perfectamente cortado y cuenta, entre otras instalaciones,
con un campo de golf de nueve hoyos, pabellón de baloncesto, cuatro canchas de
entrenamiento, campos de béisbol, de lacrosse, de fútbol y de fútbol americano,
así como pista de atletismo cubierta, piscina olímpica, zona de trampolines y
un estudio de grabación profesional. En la escuela de secundaria Georgetown
Preparatory, enraizada en la tradición jesuita, cada clase comienza con una
oración y la matrícula se paga a más de 32.000 euros, casi el doble para los
internos. Situada en la zona de Maryland limítrofe con Washington DC, una de
las más ricas del país, el centro lleva, como recuerdan los carteles repartidos
por su perímetro vallado, formando “hombres para los otros desde 1789”.
Aquí pasó su adolescencia Brett Kavanaugh, el hombre designado por Donald Trump para juez
del Supremo y que el jueves, entre lágrimas y muecas de rabia,
compartió con todo el país sus intimidades de la época. Lo que sucedió o no
sucedió una noche de verano en esos tiempos, en los que Christine Blasey Ford
acusa al juez de haber intentado violarla, sigue copando el debate nacional.
Otra mujer, Deborah Ramírez, acusa al juez de haberla agredido
sexualmente en la universidad de Yale, donde ambos estudiaron. Y una más, Julie
Swetnick, de haber estado presente cuando la violaron en una fiesta de
secundaria. A ellas se suma otra denuncia anónima. Todas tienen en común un
contexto de ingesta de alcohol que muchos describen como irrespetuoso con las
mujeres. Las acusaciones contra Kavanaugh, que él engloba en una campaña de
difamación orquestada por los demócratas, han vuelto a poner el foco en la
cultura de excesos y de abuso a las mujeres en los exclusivos centros donde se
forman las élites del país.
“El modelo de doctor Jeckyll y míster Hyde es algo muy común en esos
ambientes”, asegura Terry MacMullan, profesor de Filosofía de la Eastern
University de Washington, que se graduó en Georgetown Preparatory en 1990,
siete años más tarde que Kavanaugh. “Chicos estudiosos, educados, píos en la
iglesia… pero tocabas un botón en su cabeza y, cuando se iban de fiesta, se
convertían en otros”. MacMullan señala dos factores que pueden explicar esa
especie de “psicosis”. “Allí, las pasiones eran exageradamente altas”, explica.
“En lo académico, todo el mundo se esforzaba al máximo. No querías un notable,
querías la mejor nota. En el campo deportivo, igual. Era un anhelo constante de
excelencia. Y, al desaparecer la presión, eso se replicaba en comportamientos
extremos cuando estabas de fiesta. No valía con beber unas cervezas, tenías que
beber hasta vomitar y luego seguir bebiendo. Era todo al límite, y eso te
llevaba a verte involucrado en comportamientos muy extremos y destructivos”.
El segundo factor tiene que ver con una determinada concepción de las
mujeres. “Pesaba una idea arraigada en el catolicismo de que las mujeres o son
bellas y perfectas, como la virgen María, o son Jezabel”, explica. “No había
chicas en el colegio, solo hablábamos de ellas, eran algo mítico. Les negábamos
la oportunidad de ser personas. Eran solo el objeto de nuestros sentimientos,
de nuestros deseos”.
En una consulta encargada por 27
universidades que constituyen la élite de la educación superior estadounidense
y respondida por más de 1.500 alumnos, el 26% de las estudiantes declaró haber
sido víctima de abusos sexuales mediante fuerza, amenazas o incapacitación (con
drogas o alcohol). El 16,5% afirmó haber sido violada. Se trata de números algo
más altos que los registrados en el mismo estudio hace dos años (23% y 10%,
respectivamente).
Si se incluyen los intentos de agresión, como el que Christine Blasey
Ford denuncia, una de cada tres estudiantes que participó en la consulta
aseguró haber sido víctima en algún momento de su carrera. En cuanto al acoso
sexual, entendido como un “comportamiento que interfiere en el rendimiento
académico de la víctima o crea un entorno de trabajo intimidatorio”, el 62%
dice haberlo sufrido en algún momento de su carrera.
El porcentaje de víctimas que acude a las autoridades universitarias a
denunciar los abusos es bajo, según la encuesta realizada por la empresa
Westat. En el caso de la violación es un 25,5%, pero solo denuncia una pequeña
parte de las víctimas de tocamientos con fuerza física (7%) o incapacitación
(5%). La principal razón que alegan para no haber denunciado es que no
consideraban que era lo suficientemente grave.
MacMullan, que advierte de que “no era una cultura monolítica” y apunta
que la cosa cambió cuando en 1986 se elevó la edad mínima de consumo de
alcohol, es uno de los 300 exalumnos de elitistas escuelas privadas de la zona
que han firmado una carta abierta a Ford. “Te creemos”, le escriben. “Hemos
escuchado tu historia y a ninguno nos sorprendió. Es la historia de nuestras
vidas y de las vidas de nuestros amigos”.
En medio del revuelo, el presidente del colegio, el reverendo James R.
Van Dyke, escribió una carta a la comunidad escolar en la que admitía que es
hora de “hablar honesta y francamente” con los alumnos “sobre el respeto a los
otros, especialmente a las mujeres y a otras personas marginadas”. Es hora,
añadió, de promover “una comprensión saludable de la masculinidad, en contraste
con muchos de los modelos culturales y caricaturas que ven”.
Georgetown Preparatory podía sacar pecho en la era Trump. El hombre que
colocó el presidente al frente de la Reserva Federal, Jerome Powell, es antiguo
alumno. También los serán, si el pleno del Senado aprueba el nombramiento de
Kavanaugh, dos de los nueve jueces del Supremo. Y cuatro de ellos son
licenciados en Yale, la prestigiosa universidad del Estado de Connecticut en
cuya facultad de Derecho ingresó Kavanaugh en 1983.
Las fraternidades son incubadoras de ambiciones y Kavanaugh se unió a la
Delta Kappa Epsilon (DKE), fundada en 1844, entre cuyos ilustres miembros se encuentran
George Bush padre e hijo. Los hermanos de la fraternidad son conocidos como los
“meat heads” ("cabezas de carne"), comenta
Dan, que prefiere no dar su apellido y que estudió en Yale antes de que
surgiera el movimiento contra los abusos sexuales en las universidades. “Les
llaman así porque eran una panda de brutos”, explica. “A las estudiantes les
daba miedo acercarse a sus fiestas. Se bebía mucho”.
La fraternidad está ahora prácticamente desmantelada. Una de sus dos
propiedades, situada a menos de cinco minutos andando de la escuela de Derecho,
acaba de ser reconvertida en residencia para estudiantes. “La vendieron antes
del verano”, señala una inquilina. La fraternidad no anuncia ya actividades. En
el campus explican que se debe a las múltiples denuncias que hay contra sus
miembros. DKE ya fue objeto de una sanción, por la que la universidad cortó
vínculos con la fraternidad durante cinco años, esperando un cambio de conducta
y de cultura.
El juez llegó a Yale 15 años después de que se permitiera el acceso de
las mujeres a la facultad. “Todo es muy diferente ahora”, asegura Joyce
Maynard, que se matriculó por primera vez en Yale en 1971, pero tuvo que
abandonar la carrera en el segundo curso. A los 64 años de edad ha vuelto a
intentarlo. Lo que vio el viernes en televisión, asegura, “representa el
pasado”. “Ahora la mitad de las estudiantes son mujeres y hay mucha
diversidad”, explica. “Eso contribuirá a que Yale deje de ser vista como una
escuela solo de machos y reservada a las élites”.
martes, 14 de agosto de 2018
Estados Unidos
da la espalda a los idiomas extranjeros
Solo el 20% de los alumnos estadounidenses de colegios
públicos aprende otra lengua en su etapa escolar, en comparación al 92% de los
europeos
En casi la mitad de los países
europeos es obligatorio que las escuelas enseñen un idioma extranjero durante
al menos un año. Y donde no es ley, una amplia mayoría de colegios lo hace de
todas formas. El 92% de los estudiantes aprende otra lengua, y el inglés domina la oferta y la demanda. Sin
embargo, en Estados Unidos el interés por conocer otros idiomas no es
correspondido. Solo el 20% de los alumnos recibe clases de un idioma extranjero, que suele ser español. Tiene
sentido en un país donde hay 40 millones de hispanohablantes.
Sèbastien
Lefort, matemático francés de 37 años, aprendió inglés y un alemán ramplón
cuando estudió en un colegio público en Metz. Su hija de seis años ya tiene clases de inglés y a
los 12 podrá escoger un segundo idioma para agregar a su currículo. En Francia,
al igual que en otros seis países europeos, el 100% de los estudiantes de
primaria y secundaria aprenden un segundo idioma, según Eurostat. Lefort aclara
que la enseñanza que él recibió no fue de calidad, dando crédito a la fama que
tienen sus compatriotas. “En Francia, durante mucho tiempo, a nadie le
importaba hablar inglés, por lo que hay muchos profesores de la vieja escuela
que simplemente no lo hablan”. Ahora ve que su hija va mejor encaminada porque
a pesar de su corta edad ya ha viajado fuera del país y entiende que existe
solo una llave para comunicarse globalmente: el inglés.
En Europa, los estudiantes suelen
comenzar a estudiar su primera lengua extranjera como asignatura obligatoria
entre los 6 y los 9 años. Además, 20 países tienen en sus planes lectivos un
segundo idioma extranjero en el instituto, según un informe de Pew Research Center. El 92% de
los estudiantes del Viejo Continente aprende una segunda lengua en la escuela
—en España un 96%—, que es mayoritariamente inglés, seguido por francés y
alemán. Un panorama totalmente distinto al de las aulas de Estados Unidos. En
los 50 Estados que integran la primera potencia mundial, solo el 20% de los
estudiantes de K-12 (como se denomina a la educación primaria y secundaria)
tienen clases de idiomas extranjeros, según el Consejo Americano de Educación
de 2017. La académica Aneta Pavlenko explica que esa diferencia radica en la
baja motivación. “Cuando viajan, los suecos y los holandeses no esperan
alojarse en un sitio donde hablen su propio idioma. Los estadounidenses no
tienen ese problema”. La experta considera que la mayor desventaja de que
Estados Unidos no hable otro idioma —algo que está cambiando con la fuerte
presencia del español— es que no acceden a información y perspectivas distintas
de los nacionales. “Los estadounidenses están relegados a recibir noticias de
segunda mano sobre el resto del mundo”, concluye.
Hay
Estados y ciudades de EE UU donde sí se han implementado normativas que
incluyen la enseñanza de un idioma distinto del inglés para graduarse en el
instituto. En California, por ejemplo, es
obligación cursar un curso de artes o un idioma extranjero (entre los que se
incluye el lenguaje de señas estadounidense) para lograr la titulación. En el
caso de los alumnos de Oklahoma pueden optar por cursar dos años de la misma
lengua extranjera o bien recibir clases de informática. Por el contrario, los
estudiantes de Nueva Jersey, la ciudad ejemplo, deben obtener “al menos cinco
créditos en idiomas del mundo” para poder terminar el ciclo formativo.
En total, diez Estados y el
Distrito de Columbia exigen una lengua extranjera para obtener el título, los
requisitos de otros 24 Estados permiten elegir entre un segundo idioma u otro
tipo de cursos y 16 Estados no exigen ningún tipo de requisito relacionado con
el aprendizaje de un segundo idioma.
En EE UU no existe una normativa
nacional respecto a la enseñanza de idiomas, como sí ocurre en la mayoría de
los países europeos. Los requisitos se establecen principalmente en el distrito
escolar o en lo estatal. Nueva Jersey presume de ser la ciudad con la mayor
tasa de alumnos que estudian un segundo idioma, con un 51%, seguido por el
Distrito de Columbia, la capital del país (47%), y Wisconsin (36%). Al otro
lado del Atlántico, Bélgica tiene el porcentaje europeo más bajo de estudiantes
que aprenden otro idioma con un 64%.
La comparativa puede resultar
injusta considerando que el inglés es el idioma más poderoso del mundo. No por
tener el mayor número de hablantes nativos —el mandarín y el español tienen
más—, sino por ser la segunda lengua más extendida, con cerca de 1.500 millones
de angloparlantes. El estadounidense, además, no considera que aprender un
idioma sea necesario para triunfar laboralmente. Solo para el 36% de los
estadounidenses hablar un idioma extranjero es importante para tener éxito en
el trabajo. Casi el mismo porcentaje que saber usar las redes sociales (37%),
según otro estudio de Pew Research Center.
jueves, 2 de agosto de 2018
Cuando
Chile quiso vender la Isla de Pascua a los nazis
El país sudamericano necesitaba dinero en 1937
para comprar dos cruceros. La revelación está incluida en el libro ‘Rapa Nui.
Una herida en el océano’, de Mario Amorós
Chile buscó vender
a la Isla de Pascua a la Alemania nazi. Reconocida por la Unesco como
Patrimonio de la Humanidad, a unos a 3.500 kilómetros de distancia de América
en medio del Pacífico, fue ofrecida por el país sudamericano al régimen de
Adolf Hitler para conseguir el dinero y poder comprar dos cruceros para la
Armada, que en esa época tenía el control de la isla. Sucedió en 1937, pero la
operación fue tratada como un secreto de Estado por el Gobierno conservador
chileno, liderado por Arturo Alessandri. Ochenta y un año después de la
asombrosa oferta, sin embargo, la historia se desvela en el libro Rapa Nui. Una herida en el océano (Ediciones B),
del escritor español Mario Amorós, que se presentará en Santiago de Chile el 9
de agosto y en la isla, el día 14.
Rapa Nui o isla de Pascua,
como se le llama indistintamente a uno de los pedazos de tierra habitados más
aislados del planeta, había pasado a ser parte del territorio chileno en 1888,
pero recién en 1966 el Estado le reconoció los derechos civiles y políticos. En
la década del treinta, cuando sucedieron las negociaciones con la Alemania
nazi, “para el Chile continental la isla era sobre todo un lugar marcado por el
estigma de la lepra y para el poder político, un lugar lejano, cedido a la Armada
y arrendado a una compañía privada, con muy escaso valor”, señala Amorós. Esta
percepción explica en parte la decisión del Gobierno de Alessandri que todavía
azotado por la crisis económica de 1929, necesitaba el dinero para reforzar la
defensa marítima del país: las Fuerzas Armadas temían una alianza militar en su
contra que uniera a Perú, Bolivia y Argentina. La reciente contratación de la
construcción por parte de Argentina de ocho barcos de guerra en el Reino Unido
había despertado “la envidia” de la Armada chilena y de la Administración de
Alessandri, según detalla el libro, por lo que estaban decididos a reforzarse
militarmente.
Fue el contexto en que a lo largo de 1937 el Gobierno de
Alessandri ofreció la venta de Isla de Pascua, al mejor postor, a Estados
Unidos, Japón, Reino Unido y la Alemania nazi. Hasta ahora eran conocidas solo
las dos primeras negociaciones, pero no las conversaciones con el régimen de
Hitler, al que Chile le había comprado recientemente 36 aviones para la Fuerza
Aérea “de manera arbitraria e incurriendo en prácticas corruptas”, según se
detalla en Rapa Nui. Una herida en el océano. Amorós
cuenta que fue en el marco del XVI Congreso de la Asociación de Historiadores
Latinoamericanistas Europeos de 2011, en San Fernando (Cádiz), cuando el
profesor húngaro Ferenc Fischer, especialista en la historia de las Fuerzas
Armadas chilenas, presentó una ponencia referida a las negociaciones secretas
mantenidas por ambos países entre 1935 y 1939 que abordaron la oferta de venta
de la isla.
Fischer encontró un
documento en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores en Bonn que
resumía una entrevista entre el embajador de Hitler en Chile y el entonces
ministro chileno de Relaciones Exteriores, José Ramón Gutiérrez Alliende, que
se celebró el 14 de agosto de 1937. En ese encuentro, explica Amorós, la
Alemania nazi buscaba confirmar las intenciones del Gobierno chileno de
venderles la isla. Aunque de esta conversación no quedó ningún registro en el
archivo histórico de la cancillería chilena, según pudo constatar el autor del
libro, existen otros documentos que entregan mayores detalles de la operación
que buscaba concretar el país sudamericano.
El 17 de noviembre de 1930, el agregado naval estadounidense en
Chile, I.H. Mayfield, informó a su país de la oferta de Chile y que el precio
solicitado por la isla era de un millón de dólares. En un nuevo informe
estadounidense fechado el 8 de junio de 1937, el nuevo agregado naval de
Estados Unidos en el país sudamericano, A.S. Merrill, envió a sus autoridades
un escrito de carácter confidencial de dos páginas en que señala que el
presidente Alessandri había decidido ofrecer la venta o el arriendo de Rapa Nui
para “financiar la construcción de dos cruceros en el extranjero”. En el
escrito se indica que Chile había ofrecido la isla a otros tres países –Reino
Unido, Alemania y Japón– y que la operación había sido propuesta a Alessandri
por el entonces comandante en jefe de la Armada, Olegario Reyes del Río.
Ninguna de las
negociaciones secretas llegó a prosperar, aunque solo se conocen las razones
del lado británico, explica el autor de Rapa Nui. Una herida en el
océano. “Descartaron la compra de la isla porque consideraron
que su valor, desde el punto de vista naval, era escaso. No obstante, tanto
Londres como Washington estimaron que era conveniente que ni Japón, ni
Alemania, ni tampoco Italia (las futuras potencias del Eje), se hicieran con la
isla”, explica Amorós, que en su libro recorre la historia de Rapa Nui, con su
patrimonio cultural y arqueológico invaluable, desde el origen de su
poblamiento humano hasta la actualidad, “cuando el pueblo rapanui busca
redefinir su relación con el Estado de Chile”. El autor se refiere a la
querella que el Consejo de Ancianos del Pueblo Rapa Nui y el Consejo de Jefes
de Clanes de la Isla presentó en 2015 ante la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) para conseguir la devolución de tierras ancestrales y el
control de los recursos naturales.
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