viernes, 26 de septiembre de 2014




Ébola, una epidemia sin precedentes

El brote de ébola en África occidental es un tren que va más rápido que quienes lo perseguimos, que los esfuerzos para atajarlo. Llevamos seis meses haciendo esa comparación, desde marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) informaba de un brote del virus en Guinea. Pero siendo metafóricamente correctos, deberíamos decir que para cuando la OMS declaró la epidemia una “emergencia de salud pública internacional”, el 8 de agosto, el tren ya había descarrilado. Ahora, ha provocado un incendio que está arrasando la ciudad, barrios, viviendas, escuelas y hospitales, y que se encamina, desbocado, hacia una gran gasolinera.
Se han registrado más de 2.700 muertes y 5.927 personas se han contagiado en Guinea, Liberia, Sierra Leona, Nigeria y Senegal (y, en un brote diferente, en República Democrática de Congo). Pero esto es solo la punta del iceberg. Los seres humanos infectados, muertos o que están sufriendo enormemente son más. En primer lugar, la OMS admite que hay muchos casos no declarados, probablemente tantos como los oficiales. En segundo lugar, la mortalidad indirecta causada por el colapso del sistema de salud en amplias zonas afectadas por la epidemia no ha sido calculada, pero es sin duda enorme: estamos en plena estación de lluvias, y la malaria, las infecciones respiratorias y las diarreas se ceban en una población vulnerable que no tiene clínicas ni hospitales a los que acudir. En tercer lugar, regiones enteras tienen problemas de suministro de alimentos por el derrumbe de instituciones, comercio y agricultura, empeorado por las restricciones al tráfico de mercancías. Por último, el potencial de violencia social es altísimo y puede empeorar al paso de una epidemia que se propaga sin freno. El escenario, por tanto, es mucho más grave que el simple “6.000 personas afectadas por una enfermedad exótica y agresiva”.
Médicos Sin Fronteras (MSF) agradecen que, por fin, algunos países (Estados Unidos, Reino Unido, Cuba, Francia o China) se hayan comprometido a desplegar medios y personal especializado, pero debemos enfatizar que la asistencia debe llegar con urgencia hoy a los países afectados, y que estas ayudas no son suficientes: el 40% del total de los enfermos se ha infectado en los últimos 21 días, el periodo de incubación del virus. Cada tres semanas, el número de afectados se duplica, en una progresión geométrica que amenaza con multiplicarse imparable por dos, tres, cuatro...
Vamos muy por detrás de la enfermedad y cada día nos saca más ventaja: en la capital liberiana, Monrovia, se ha ido ampliando sucesivamente el centro ELWA 3. Cuando se instaló, era el mayor de la historia de MSF en un brote de ébola: de las 80 camas iniciales pasó a 120, luego a 200. Y siempre, tras cada ampliación, en apenas unas horas, volvía a estar colapsado. Colapsado hasta el punto de tener que rechazar nuevos pacientes porque los equipos están desbordados.
Se ven personas esperar tumbadas, bajo una lluvia persistente a la entrada del centro, porque no hay otro lugar donde ir. Asistimos impotentes a la muerte de pacientes en la puerta sin poder hacer nada. Hace tiempo ya que advertimos de que habíamos superado nuestros límites. Estamos hablando de una catástrofe que supera la capacidad de cualquier organización humanitaria y que amenaza con desestabilizar toda una región. Estamos ante una situación excepcional que requiere medidas excepcionales como las que hemos solicitado en reiteradas ocasiones a los países que cuentan con recursos civiles y militares especializados en contención biológica.

El ébola es una enfermedad cruel, por su virulencia, pero también porque el contagio se produce entre familiares y cuidadores, entre aquellos que alimentan, hidratan y limpian a los enfermos, entre aquellos que amortajan con duelo a sus muertos. Solo un despliegue de solidaridad internacional de gran magnitud podrá igualar y amilanar la crueldad de la infección y revertir su curva de crecimiento descontrolada. Todos nosotros tenemos el deber moral y la responsabilidad de facilitar recursos para aumentar los centros de aislamiento, establecer laboratorios móviles y habilitar puentes aéreos para enviar personal y suministros.
Estados Unidos ha dado un primer paso al anunciar el envío de personal especializado civil y militar y planes para construir 17 centros de tratamiento y formar a 500 trabajadores sanitarios cada semana. De forma excepcional y consciente por fin de la gravedad de la situación, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha celebrado una histórica reunión de emergencia y ha aprobado una resolución con el apoyo de 131 Estados, en la que se califica la epidemia de “amenaza para la paz” y se solicita a todos los Gobiernos el envío urgente de material y personal médico especializado.
Por su parte, la Unión Europea —aunque tarde, como ha reconocido la propia comisaria de Cooperación Internacional— ha comprometido 150 millones de euros en ayudas.
Llevamos seis meses perdiendo la batalla contra el virus y no podemos permitirnos ni un día más de retraso. La OMS ya ha advertido de que en los próximos tres meses podríamos llegar a 20.000 casos, y según otras estimaciones, como las realizadas por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, esta cifra se podría superar en mucho. Cada semana que pasa resulta más complicado contener un brote que hace tiempo dejó de ser simplemente una epidemia para convertirse en una catástrofe humana que traspasa las fronteras y las capacidades de los países afectados.

Hasta ahora, en los países desarrollados ha imperado la cortedad de miras, exclusivamente centrados en prepararse para recibir uno o dos casos de afectados por el virus, en vez de actuar en la región donde sufren el brote miles de personas. Sin ayudar a apagar el incendio, se han preocupado por evitar las pocas chispas que les llegan. Y esto ha sido un error, como el esperar, egoístas, a que el fuego se extinga por sí mismo. Para apagar el incendio de una vez por todas, tenemos que equiparnos y adentrarnos en la ciudad en llamas.

miércoles, 16 de julio de 2014



CONFUSO: ¿Por qué Messi se portó como un completo patán? Léelo antes de comentar!!

La única vez que vi a Lionel Messi en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Primero: era mucho más frágil de lo que imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar.

Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces y flashes y autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: este chico, solo quería jugar. Y lo han traído de la mano a esto.

Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos-frankenstein, armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas.

La lectura del marketing podría ser esta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que solo quería jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.

De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero. Y del dinero de su padre. Y del dinero que le generan Adidas, y Head & Shoulders y Doritos y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y Leo Messi, cuando empezó todo esto, con cinco añitos, solo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.

Cuando Lionel Messi me firmó el tennis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró, aquella tarde en los vestuarios del Sun Life Stadium. No miraba a nadie. No podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután. Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una forma de la angustia sobrellevada.

En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal. Se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, socializaban incluso con nosotros los periodistas. Lionel Messi no. Adidas exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas. Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.

Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que solo quería jugar al fútbol.

Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve de autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.

Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No solo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él solo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre y su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.

A Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela, ni otros deportes, ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que solo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.

Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad. Así jugaba Lionel. Y así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que solo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.

De repente Messi se vió con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió. El solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.

De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo posando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna, que lavándose la cabeza con champú que de seguro ni usa. Pero eso le decían sus asesores, sus familiares, sus abogados, que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer. Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.

Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él solo balbuceara una y otra vez que solo quería jugar al fútbol. Nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo. Tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma. Ahí los tienes. Eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco. Nuestro fantoche. Algo que vender, porque te van a comprar: eres demasiado bueno.

¿Porque él los quería? No, casi de seguro: porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol. Los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi, o Cristiano, que pongan sus muslos y sonrían.

Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él solo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, solo eso.

El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya Historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.

Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.

Muchos se preguntan, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA si su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.

Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si estas afectan sus intereses económicos. Y está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter desde hace 16 años. Blatter es solo 10 años más joven que Fidel Castro, y para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo, me aterra cualquier mandato demasiado extenso. Más, si el organismo dirigido se autodefine como sin fines de lucro y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.

Y esa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones: apenas niños que querían divertirse jugando al fútbol.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro, no tienen falla: eran lágrimas de presión. Lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular. El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia el corner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!

Cristiano, como Messi, solo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdonan o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.

Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.

Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos. Así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como se va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.

Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.

Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar ese tiro libre a las nubes. El mismo que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, oh pecado, era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.

De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato con las pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá a ser un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.

Yo vi a Messi esta tarde y de repente sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indoliente, donde tantos futbolistas se han suicidado y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se coronan a héroes y se desguazan a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota y con un dedo señalarán, señalaremos, todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en Barcelona, y al que solo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.


lunes, 21 de abril de 2014





Los nuevos sesentones


Hasta hace un par de décadas, a los sesentones los llamaban sexagenarios; era el campanazo de entrada a la fastidiosa tercera edad. En los países civilizados perduran los privilegios en el valor de la entrada a los museos, lugares especiales en los buses, aunque a juzgar por la nueva realidad, todo esto parecería innecesario.
Las cosas han cambiado significativamente y hoy los sesenta años se celebran, entre amigos del colegio, como una década de madurez, vitalidad, donde ya se puede disfrutar de la tranquilidad económica alcanzada y con lucidez y experiencia los hechos que se van presentando. Gracias a los avances médicos y los cambios de hábitos, sana alimentación, ejercicio y buenas prácticas, se logra, como dicen ahora “construir salud”, de manera que el envejecimiento físico y mental camina lento, va despacio, se puede capear y se va aprendiendo a convivir con él. Las relaciones ya no son exclusivamente entre los contemporáneos, como pasaba con la generación anterior, sino que el intercambio con los jóvenes es cotidiano y enriquecedor.
Se le ha empezado a llamar a esta etapa de la vida la sexalescencia, una mezcla de sexagenarios con adolescencia. Pero no es un término preciso, porque nada tiene que ver con esa ridícula actitud de las cuchibarbies, que hace referencia a quienes no aceptan el paso de los años y se obsesionan por mantener una figura de melena larga, pestañas postizas y plataformas ajenas a la edad. Esto es distinto. Porque no se trata de hombres tiñéndose las canas, ni de musculatura ficticia; no intentan disimular la barriga, ni esconder las canas o la calvicie, y en el caso de las mujeres las arrugas están presentes, acompañadas de la detestable celulitis y demás odiosas manifestaciones físicas. La que cambia es la postura metal, que se conserva fresca, alegre y proactiva.
Los nuevos sesentones son hombres y mujeres independientes que han trabajado desde siempre, en edad de jubilación pero sin actitud mental de pensionados, porque prefieren aprovechar la experiencia y entregársela a actividades probablemente no igualmente lucrativas pero que sí compensen profesional, social y culturalmente. Saben entretenerse, inventan actividades, casi siempre relacionadas con la creatividad o el trabajo personal, y se la toman con calma y sabiduría, sin trascendentalismo ni aspavientos. Es el segundo tiempo de la vida, el de las asignaturas pendientes, el del disfrute, el ocio y hasta la soledad que se contempla sin temor.
En el caso de ellas, son muchas las que se han soltado de la pareja y han aprendido a vivir solas y disfrutar de las amigas con las que frecuentan restaurantes, cines, conferencias, viajes. Se han beneficiado de sus logros y tienen, como diría Virginia Woolf, una habitación propia, que ha dejado de ser una aspiración para ser una realidad cotidiana.
Ellos y ellas se mantienen actualizados, no los embiste pero tampoco los obsesiona la tecnología. No lloran fácilmente, saben perder y hasta reflexionar de los fracasos porque han aprendido a leerlos de otra manera. A entenderlos. No cargan nostalgia, porque se atreven a mirar hacia adelante seguros de que aún es mucho lo que hay para aprender y sobre todo para dar. Llegar a los sesenta ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una oportunidad.

viernes, 4 de abril de 2014



¿Por qué las cebras tienen rayas?


El misterio de las rayas en el cuerpo de las cebras ha alimentado por siglos la imaginación de poetas y escritores, al mismo tiempo que ha desafiado la lógica de la ciencia. Bellos y exuberantes, los patrones de rayas en la piel de estos animales han resultado un acertijo que sólo hasta ahora un grupo de científicos reclama haber resuelto.

Charles Darwin especuló que las rayas sobre los robustos cuerpos de las cebras servían como un código secreto entre hembras y machos a la hora de aparearse. El otro autor de la teoría de la evolución, Alfred Russel Wallace, jugó con otra teoría. Para él, las líneas blancas y negras configuraban un patrón de colores que confundía a los depredadores en la noche. Otras hipótesis han sugerido que la disposición de barras, única e irrepetibles en cada animal, constituían un código de barras para identificarse mutuamente.

Según Tim Caro, de la Universidad de California, y quien acaba de publicar junto a otros colegas un artículo en la revista Nature Communications, la razón por la que las cebras se visten de rayas es algo que nadie se esperaba: protegerse de los moscas.

Luego de estudiar los diferentes ecosistemas en los que existen cebras, Caro y sus colegas descubrieron que en los lugares del mundo donde existen más moscas, estos animales tienen rayas, y donde el riesgo de picaduras por moscas es menor, simplemente no las tienen.

La tesis no es nueva. De acuerdo al periódico The Guardian, desde 1930 se ha sugerido esta relación. Todo apunta a que las moscas prefieren posarse sobre superficies que sean completamente blancas o completamente negras. Para las cebras no es un asunto menor protegerse de este aparente enemigo menor. Las moscas son vectores de enfermedades fatales y algunas especies de moscas pueden llegar a drenar cantidades considerables de sangre de sus cuerpos.

Aunque Caro y sus colegas tienen una buena prueba de que la evolución de las cebras ha sido en parte condicionada por la presencia de moscas, aún hace falta demostrar que el sistema visual de éstas no soporta las rayas.


jueves, 3 de abril de 2014



Más de un millón de refugiados sirios colapsan Líbano

Líbano afronta una crisis humanitaria sin precedentes tras tres años de guerra en la vecina siria. El país acoge ya más de un millón de refugiados registrados por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). "La afluencia de un millón de refugiados sería masiva para cualquier país", ha asegurado el responsable de la agencia, António Guterres, a través de un comunicado, "para Líbano, un pequeño país acorralado por dificultades internas, el impacto es asombroso".
La cifra señalada por ACNUR arroja un saldo insostenible, equivalente a casi una cuarta parte de los 4,2 millones de habitantes y más de un 40% de los 2,5 millones de refugiados contabilizados en países de la región como Jordania, Turquía, Irak o Egipto. Solo en Arsal, localidad de mayoría suní a las faldas del macizo fronterizo de Qalamoun, el número de desplazados duplica a una población local de 35.000 habitantes, según reconoce el alcalde, Ali Hujjeiri. La villa, único enclave en el que el Ejecutivo libanés ha dado luz verde al levantamiento de un campo de refugiados ("asentamiento temporal", en jerga oficial), está tomada por cientos de tiendas de campaña instaladas en cada trozo de terreno sin edificar.
Tanto el Ejecutivo libanés como las organizaciones internacionales que trabajan sobre el terreno elevan el número de refugiados en el país hasta casi los dos millones de personas, la mayoría sin trabajo y sin recursos de supervivencia. La mitad son niños. Según ACNUR, unas 80.000 personas necesitan asistencia médica urgente que el Gobierno no puede proveer y otras 650.000 dependen de la ayuda internacional para alimentarse. El Banco Mundial calcula que la escasez de recursos y la presión a la baja de los salarios puede arrastrar a hasta 170.000 libaneses a una situación de pobreza.
A la presión demográfica se suma el incremento de la tensión a cuenta del conflicto vecino que ha dilapidado la situación de seguridad. "Las comunidades libanesas se están viendo muy presionadas y la tensión está aumentando", admite Ninette Kelley, representante de ACNUR en Líbano. Este miércoles, un nuevo ataque con cohetes presuntamente lanzados desde suelo sirio mataron a un obrero de nacionalidad siria en la localidad de Labwe, cercana a Arsal y a unos 30 kilómetros de las montañas de Qalamoun, donde los rebeldes intentan recuperar las posiciones ganadas por el Ejército de Bachar el Assad y la milicia chií Hezbolá en su última ofensiva en torno a la carretera que une Damasco y Tartus.
"El apoyo internacional a las instituciones gubernamentales y a las comunidades locales es de tal nivel que, pese a haberse incrementado lentamente, es totalmente desproporcionado con respecto a las necesidades", asegura Guterres, "el apoyo a Líbano no es solo un imperativo moral, si no que es desesperadamente necesario para detener la erosión de la paz y la seguridad en esta frágil sociedad y en toda la región". La propia agencia de la ONU reconoce que, de los 1.373 millones de euros necesarios para afrontar la crisis humanitaria (solo en Líbano), solo han recibido 175 millones de la comunidad internacional.


martes, 1 de abril de 2014



La mitad de los trabajadores de América Latina tienen un empleo informal
¿Cuántas veces ha comprado un antojo en la calle o le han limpiado los vidrios del auto mientras esperaba en un semáforo?
Sea cual fuere su respuesta, la probabilidad de que los haya visto ganándose la vida en las calles de Latinoamérica es muy alta: el número de trabajadores informales es gigantesco, nada menos que casi la mitad de la fuerza laboral de la región o unos 130 millones de personas. Pese a que la informalidad cayó significativamente -del 65% en el 2000, al 47.7 % en la actualidad-, el escenario no deja de ser preocupante.
Esta situación implica, aparte de una menor recaudación de impuestos y un freno para la productividad de los países, que un grueso de estos trabajadores no contribuyen a un sistema de pensiones y están desprotegidos, por ejemplo, ante cualquier eventualidad médica que les pueda suceder. La informalidad, según los expertos, supone un freno para las economías latinoamericanas, cuya productividad se ve afectada por el fenómeno.
A modo de comparación, en los países de Europa del Este este grupo representa alrededor del 12% de los trabajadores y en África Subsahariana alrededor del 72%, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
¿Quiénes son los trabajadores informales?
Los expertos coinciden en destacar dos grupos diferenciados: aquellos que, al no encontrar empleos atractivos, optan por trabajar por cuenta propia y deciden excluirse de los beneficios del estado; y los que no logran conseguir un trabajo dentro del circuito de la formalidad, mayoritariamente a causa de su nivel de estudios. El denominador común en ambos casos suele ser que trabajan en PYMEs.
Dentro del primer grupo está Lydia, de Lima, que se dedica a la venta de ropa por internet. “Mis ingresos en este negocio no son muy altos, y si hiciera los procesos formalmente no me compensaría”.
De hecho, una investigación del Banco Mundial revela que la mayoría de trabajadores por cuenta propia informales tomó esta opción voluntariamente, alegando necesidades individuales, generalmente en busca de flexibilidad e independencia, tales como mejores horarios de trabajo. Un factor determinante es también la percepción de que los beneficios del Estado son insuficientes. De todas formas, en promedio, una tercera parte de ellos dijeron que preferirían un trabajo asalariado.
“La falta de flexibilidad asociada a los empleos formales y el escaso valor atribuido a los servicios ofrecidos por el estado hace que algunos trabajadores opten por la informalidad”, explica Julián Messina, economista del Banco Mundial.
Países con más informalidad
La informalidad laboral en Latinoamérica no se distribuye de forma homogénea. En países con una alta renta per cápita como Argentina, Uruguay, Brasil, Panamá o Chile es sustancialmente menor que en Centroamérica, donde puede llegar al 70.7% de los trabajadores, como en el caso de Honduras, según la OIT.
En cuanto a la composición de género, el 45% de los hombres y el 50% de las mujeres trabajan en condición informal. Paralelamente, afecta al 56% de los jóvenes de 15 a 24 años.
En la última década América Latina creó 35 millones de nuevos puestos de trabajo y la participación de las mujeres en la fuerza laboral se incrementó gradualmente. Estos logros han hecho que la región tenga una tasa de desempleo – un 6.5% en 2012- mucho menor a la de algunos países europeos, y similar a la de Estados Unidos. Sin embargo, esta importante creación de empleos sólo ha venido acompañada de una ligera mejora en la formalización.
Gran parte de esto tiene que ver con que las empresas medianas y grandes innovan poco y, al ser poco dinámicas generan poco empleo de calidad, como explica un reciente estudio del Banco Mundial
Ante esta falta de buenos empleos, muchos Latinoamericanos optan por abrir pequeños negocios, que tienen un escaso potencial de crecimiento. Esto implica que la región no está logrando aprovechar al máximo la capacidad productiva de su fuerza de trabajo.
¿Qué hacer?
“Para revertir esta situación se necesita generar condiciones para que las empresas crezcan, y puedan así ofrecer más empleos de calidad”, explica Messina.
El experto argumenta que, al incluir a más trabajadores dentro de los circuitos del empleo formal, los países de la región crearían el espacio necesario para mejorar la calidad de los sistemas de pensiones, salud o infraestructura.
En este sentido, varios países de la región han iniciado reformas fiscales para aplacar la informalidad laboral. Colombia, por ejemplo, está cambiando los incentivos para la contratación informal, y haciendo más atractivos los contratos formales a través, por ejemplo, de reducción a impuestos a la nómina.


lunes, 31 de marzo de 2014



Una catástrofe aérea sin cuándo, dónde, cómo, ni por qué
El primer ministro de Malasia, Najib Razak, aseguró el lunes pasado que el aparato se estrelló en una zona remota del océano Índico sur, y dio a entender que no hubo supervivientes, algo que dijo de forma más clara la aerolínea.
Cuando han pasado 23 días desde que se volatilizó el Boeing 777-200ER, hay pocas certezas y muchas incógnitas sobre la tragedia. Y el tiempo para localizar el aparato se acaba. Las baterías de la caja negra, que conserva los registros de las conversaciones de los pilotos y otros datos del funcionamiento del avión, imprescindibles para poder saber lo que pasó, solo tienen energía para emitir señales de localización 30 días. Quedan siete.
Lo que se sabe
El Boeing 777 despegó de Kuala Lumpur a las 00.41 del 8 de marzo (siete horas menos en la España peninsular) y debía haber aterrizado en Pekín a las 6.30. A la 1.19 se produjo la última conversación entre los pilotos y el control de tráfico aéreo de Malasia. Las autoridades de este país han dicho que alguien a bordo del avión desconectó, tras el despegue, uno de los sistemas de comunicación, el ACARS (Aircraft and Communications Addressing and Reporting System), que envía datos automáticamente cada cierto tiempo sobre el funcionamiento de los motores y otros parámetros a los centros de mantenimiento o los fabricantes. Poco después fue apagado el transpondedor, que comunica con la red de control aéreo civil.
De ello, han concluido que alguien los inutilizó y obligó a la aeronave a cambiar de rumbo cuando se encontraba sobre el mar del Sur de China entre Malasia y Vietnam. El Boeing se dirigió de vuelta hacia Malasia y se internó sobre el estrecho de Malaca. El giro fue detectado por los radares militares, que registraron por última vez el MH370 a las 2.15, al norte del estrecho de Malaca. Un satélite de Inmarsat, sin embargo, recibió hasta las 8.11 las señales automáticas —pings o handshakes— que continuó emitiendo cada hora, lo que permitió a los investigadores definir un arco de dos posibles corredores aéreos que pudo seguir el aparato: uno hacia el noroeste y Asia central, y otro hacia el suroeste y el Índico sur. Tras un análisis más detallado, los expertos de Inmarsat concluyeron que el avión se estrelló en el Índico sur.
Lo que se desconoce
¿Qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué? Si la primera pregunta tiene respuesta —la desaparición del Boeing de Malaysia Airlines con 239 personas y su caída al mar—, las otras cuatro siguen siendo un misterio más de tres semanas después de que desapareciera el avión.
¿Cuándo? Al anunciar el lunes el destino trágico del MH370, el primer ministro malasio, Najib Razak, no informó del momento exacto en el que se precipitó en el mar. Los expertos creen que ocurrió entre las 08.11 —cuando se detectó un ping— y las 09.15 —cuando ya no se detectó—, lo que, según dijo el martes pasado el ministro de Defensa e interino de Transporte de Malasia, Hishammuddin Hussein, “es coherente con el aguante máximo del avión”, en referencia a que ya no debía quedarle combustible.
¿Dónde? Las autoridades malasias tampoco identificaron el lugar exacto en que se estrelló. Durante estas tres semanas, las zonas de búsqueda han oscilado del mar del Sur de China, al estrecho de Malaca, el mar de Andamán, el golfo de Bengala, zonas terrestres en numerosos países asiáticos y dos corredores de miles de kilómetros entre Asia central y el Índico sur.
Es aquí, en el Índico sur, donde están concentrados ahora los esfuerzos, tras el análisis de los datos de los satélites sobre la trayectoria que siguió el Boeing, y haberse detectado posibles restos desde satélites de diferentes países y aviones.
Aviones y barcos buscaban desde la semana pasada en una zona a unos 2.500 kilómetros al suroreste de la ciudad australiana de Perth, pero este viernes, al contar con nuevos datos, bascularon a otra área a 1.850 kilómetros al oeste de Perth, donde han sido avistados desde el aire supuestos restos del MH370.
¿Cómo y por qué? Las dos preguntas están unidas, en medio de la nebulosa más absoluta. Las autoridades de Malasia han puesto en marcha una investigación criminal, y, con la ayuda de expertos internacionales, están analizando diferentes teorías. Desde un sabotaje y un secuestro por parte de alguien de la tripulación o del pasaje, a un intento de suicidio del piloto, Zaharie Ahmad Shah, de 53 años, o el copiloto, Fariq Abdul Hamid, de 27 años. De momento, nadie ha reivindicado un posible acto terrorista.
También se está analizando la posibilidad de un fallo técnico, como un incendio y una descompresión, o una crisis extraordinaria en pleno vuelo con el avión en pilotaje automático durante horas hasta estrellarse por falta de combustible. Mientras no se encuentren los restos y se recupere la caja negra, será prácticamente imposible responder a estas preguntas. Y el proceso, de culminarse, podría tardar años y no despejar todas las incógnitas