miércoles, 1 de mayo de 2013
lunes, 18 de marzo de 2013
Al poco del accidentado desembarco del Granma, en diciembre de 1956,
Castro envió a La Habana a uno de sus barbudos, Faustino Pérez, a fin de
difundir el movimiento y crear agitación en La Habana. Su primer éxito fue
enviar a Sierra Maestra a un periodista del New York Times, Hebert Matthews.
También consiguió en los primeros meses enviar allí un equipo de televisión de
la CBS.
Pero lo que de verdad hizo célebre la guerrilla de Castro fue el secuestro de Juan Manuel Fangio, entonces de lejos el deportista más célebre del mundo. La NBA no era seguida fuera de Estados Unidos, Pelé aún no había estallado, Joe Louis llevaba años retirado… Fangio había ganado los Mundiales de Fórmula 1 de 1951, 54, 55, 56 y 57, con cuatro marcas distintas: Alfa Romeo, Mercedes, Ferrari y Maserati. Había sido segundo en 1950 y 1953. En 1952 no había podido participar por un gravísimo accidente en la primera de las carreras.
Pero lo que de verdad hizo célebre la guerrilla de Castro fue el secuestro de Juan Manuel Fangio, entonces de lejos el deportista más célebre del mundo. La NBA no era seguida fuera de Estados Unidos, Pelé aún no había estallado, Joe Louis llevaba años retirado… Fangio había ganado los Mundiales de Fórmula 1 de 1951, 54, 55, 56 y 57, con cuatro marcas distintas: Alfa Romeo, Mercedes, Ferrari y Maserati. Había sido segundo en 1950 y 1953. En 1952 no había podido participar por un gravísimo accidente en la primera de las carreras.
La dictadura de Batista introdujo el Gran Premio de Cuba en 1957 para
darle más brillo al Día de la Fiesta Nacional, el 24 de febrero. Ya en esa
edición Faustino Pérez proyectó el secuestro, pero el mismo día hubo una caída
de militantes, lo que le hizo aplazar la operación. La idea quedó viva para la
edición siguiente: se trataba de secuestrar al piloto, tenerlo retenido hasta
el final del premio y luego soltarlo. Eso haría su causa internacionalmente
conocida. Y darles un golpe así a las autoridades les añadiría calor popular y
prestigio.
Faustino Pérez encargó el operativo a Óscar Lucero, capitán de milicias,
que cuenta con varios hombres para llevarlo a cabo. Colaborará con ellos Elio
Constantin, periodista deportivo de la revista Carteles, que en la anterior
edición ha hecho amistad con Marcelo Giamberto, apoderado del piloto. A
Constantin le resulta fácil saber dónde va a estar Fangio en cada momento. Éste
llega a La Habana el viernes 21 (la carrera es el lunes 24) y se hospeda en la
habitación 810 del hotel Lincoln, en el centro de la ciudad. En la puerta de la
habitación hay una guardia armada del SIM (la policía especial del régimen),
así que ni pensar en capturarlo en la habitación. Por la noche tiene una
entrevista en la televisión CQM, pero la compañía es mucha. Regresa al hotel a
cenar y no sale más. Imposible. Se ha perdido el viernes.
El sábado se dispone un seguimiento: un coche tras él donde vaya. Otros dos vehículos esperan junto a un teléfono. Cuando cambia de lugar, el primer coche dice a uno de los otros el nuevo destino y éste le reemplaza. Así, con el seguimiento rotatorio, no se llama la atención. El sábado descansa toda la mañana. Luego, acude a un cóctel al Hotel Nacional. Parece un lugar propicio, pero una bronca entre un fotógrafo y un policía crea un alboroto. Regresa al Lincoln. Después de cenar, ya de noche, recorre caminando el circuito, pero de nuevo acompañado de seguridad, amigos y curiosos. Imposible actuar. Regresa al hotel. Otro día perdido. El domingo por la mañana, mientras Fangio hace las sesiones de entrenamiento (ganará la pole), Faustino Pérez se ve con Óscar Lucero, al que acusa de irresoluto. “¡Hay que hacerlo! ¡Si es preciso tomamos el Lincoln con los hombres que haga falta!”.
El sábado se dispone un seguimiento: un coche tras él donde vaya. Otros dos vehículos esperan junto a un teléfono. Cuando cambia de lugar, el primer coche dice a uno de los otros el nuevo destino y éste le reemplaza. Así, con el seguimiento rotatorio, no se llama la atención. El sábado descansa toda la mañana. Luego, acude a un cóctel al Hotel Nacional. Parece un lugar propicio, pero una bronca entre un fotógrafo y un policía crea un alboroto. Regresa al Lincoln. Después de cenar, ya de noche, recorre caminando el circuito, pero de nuevo acompañado de seguridad, amigos y curiosos. Imposible actuar. Regresa al hotel. Otro día perdido. El domingo por la mañana, mientras Fangio hace las sesiones de entrenamiento (ganará la pole), Faustino Pérez se ve con Óscar Lucero, al que acusa de irresoluto. “¡Hay que hacerlo! ¡Si es preciso tomamos el Lincoln con los hombres que haga falta!”.
La ocasión se presenta cuando saben por Constantin que, ya al atardecer,
Fangio va a bajar al hall del hotel a tomar un refresco junto a otros pilotos.
Le esperan a la puerta del ascensor. Cuando ésta se abre, aparecen Fangio y
Giamberto. Se adelanta un comando, Manuel Uziel, que primero quiere asegurarse:
—¿Quién de ustedes es Fangio?
—Yo.
—Acompáñeme. Está usted secuestrado por el Movimiento 26 de julio.
—Yo.
—Acompáñeme. Está usted secuestrado por el Movimiento 26 de julio.
Fangio sonríe, pensando que es la broma de un admirador, pero Uziel saca
una pistola del bolsillo y se la clava en las costillas.
—Es en serio. No haga nada y no le pasará nada.
Al tiempo amenaza a los acompañantes.
Al tiempo amenaza a los acompañantes.
Suben a Fangio a un Plymouth verde. La obsesión de los secuestradores es
tranquilizarle y convencerle de sus buenas intenciones, porque les preocupaba
mucho la imagen que diera de ellos al soltarle. Así que Uziel le lleva primero
a su propia casa, a presentarle a su mujer y a su bebé. Luego, con otro coche,
a un piso franco en el que convalece un militante, Ramoncín, con graves
quemaduras cuando intentaba fabricar un lanzallamas casero. Finalmente, a un
chaletito de dos plantas en El Nuevo Vedado, propiedad de la viuda de un
revolucionario, que vivía con sus dos hijas, de 17 y 21 años. Llegaron a las
diez de la noche. El chalet contiguo es de una bailarina del Tropicana, amante
de un pez gordo del régimen, siempre muy custodiado. Los secuestradores
pensaron que nadie iba a suponer que lo escondieran en tal vecindad.
Le dieron la mejor habitación. Cenó filete con patatas. La mañana
siguiente le llevaron el desayuno a la cama. Comió arroz con pollo con los
secuestradores. Mientras, la ciudad era un pandemónium de registros y falsas
noticias. Aunque había televisión, Fangio no quiso ver la carrera, ni
escucharla por radio. Prefirió escuchar música.
La carrera fue un fracaso y tuvo un desarrollo trágico. Los
organizadores retrasaron la salida, en la esperanza de que Fangio fuera
rescatado. Empezó media hora tarde. En la sexta vuelta, el piloto local García
Cifuentes pierde el control y su coche arrolla al público, con resultado de
seis muertos y 40 heridos. Se da por terminada, con victoria para Stirling
Moss, que en ese momento estaba en primera posición. Le avisan a Fangio, que
entonces sí oye la radio y se muestra muy afectado.
Todo había acabado… O no. Ahora llega lo más difícil: devolver a Fangio. ¿Cómo, dónde? No estaba previsto. Un informador de los revolucionarios en el gobierno les avisa de que la intención de este es matarlo cuando aparezca, para cargarles el crimen. Se piensa en el mediador de la entrega: en un cura, en el director de la revista Bohemia… Ninguna alternativa parece buena. Mientras, se suceden los llamamientos de Giamberto y de la esposa de Fangio por la radio pidiendo su devolución. Hay nervios.
El propio Fangio sugiere que le entreguen a su embajador. Pero las proximidades de la embajada están custodiadas. El periodista mexicano Manuel Camín, amigo de los revolucionarios (y que gozará de la gran exclusiva de la entrevista al piloto), monta la entrega no en la embajada, sino en el apartamento del agregado militar de la misma, Mario Zaballe, que está de viaje, así que su apartamento no está vigilado. Allí acudirá el propio embajador, Raúl Aurelio Lynch, por una rara coincidencia primo del padre del Ché Guevara (Ernesto Guevara Lynch). Lynch sale de su embajada escondido en la trasera de un coche, para no ser seguido. Arnol Rodríguez, que luego contará la peripecia en su libro Operación Fangio (que inspiraría una película del mismo título, no fiel en todos los detalles, en la que Darío Grandinetti incorpora a Fangio), es el encargado de la entrega. A Fangio le intentan poner un sombrero. Todos le quedan pequeños. Sólo le colocan unas gafas para disimular su aspecto y le suben a un Cadillac con Arnol y dos chicas. Antes de medianoche está en el apartamento del agregado militar, donde le recibe su embajador. Arnol le despide con estas palabras: “Fangio, usted será nuestro invitado de honor cuando triunfe la Revolución”.
Todo había acabado… O no. Ahora llega lo más difícil: devolver a Fangio. ¿Cómo, dónde? No estaba previsto. Un informador de los revolucionarios en el gobierno les avisa de que la intención de este es matarlo cuando aparezca, para cargarles el crimen. Se piensa en el mediador de la entrega: en un cura, en el director de la revista Bohemia… Ninguna alternativa parece buena. Mientras, se suceden los llamamientos de Giamberto y de la esposa de Fangio por la radio pidiendo su devolución. Hay nervios.
El propio Fangio sugiere que le entreguen a su embajador. Pero las proximidades de la embajada están custodiadas. El periodista mexicano Manuel Camín, amigo de los revolucionarios (y que gozará de la gran exclusiva de la entrevista al piloto), monta la entrega no en la embajada, sino en el apartamento del agregado militar de la misma, Mario Zaballe, que está de viaje, así que su apartamento no está vigilado. Allí acudirá el propio embajador, Raúl Aurelio Lynch, por una rara coincidencia primo del padre del Ché Guevara (Ernesto Guevara Lynch). Lynch sale de su embajada escondido en la trasera de un coche, para no ser seguido. Arnol Rodríguez, que luego contará la peripecia en su libro Operación Fangio (que inspiraría una película del mismo título, no fiel en todos los detalles, en la que Darío Grandinetti incorpora a Fangio), es el encargado de la entrega. A Fangio le intentan poner un sombrero. Todos le quedan pequeños. Sólo le colocan unas gafas para disimular su aspecto y le suben a un Cadillac con Arnol y dos chicas. Antes de medianoche está en el apartamento del agregado militar, donde le recibe su embajador. Arnol le despide con estas palabras: “Fangio, usted será nuestro invitado de honor cuando triunfe la Revolución”.
El golpe estaba dado. La revolución se aceleró. Fidel Castro ganó
adeptos y su guerrilla saltó de Sierra Maestra para extenderse al resto de
Cuba. Al amanecer del 1 de enero de 1959, Batista abandonaría Cuba. El 8 de
enero, menos de 11 meses después del secuestro, Fidel Castro entraba en La
Habana.
Fangio se retiró aquel mismo año de 1958. Siempre habló bien de sus secuestradores, pero no cumplimentó la invitación hasta 1981, cuando regresó, como presidente de la Mercedes. Se reencontró con Faustino Pérez y Arnol Rodríguez y conoció a Fidel Castro.
Fangio se retiró aquel mismo año de 1958. Siempre habló bien de sus secuestradores, pero no cumplimentó la invitación hasta 1981, cuando regresó, como presidente de la Mercedes. Se reencontró con Faustino Pérez y Arnol Rodríguez y conoció a Fidel Castro.
El Hotel Lincoln aún existe. Su habitación 810 está dedicada a
Fangio.
lunes, 11 de marzo de 2013
La menstruación sigue siendo un tabú en la India
Sólo el 1,6% de las mujeres indias hace una vida normal durante la
menstruación, mientras que el resto sufre limitaciones como la prohibición de
manipular alimentos o cocinar y la obligación de dormir en una habitación o en
camas separadas de su pareja o familiares.
"Muchas mujeres en India son consideradas impuras durante la
menstruación y son discriminadas. No pueden participar en reuniones familiares
o tocar una jarra de agua", ha denunciado la experta del
Consejo de Suministro de Agua y Saneamiento Colaborativo (WSSCC), dependiente
de la ONU, Archana Patkar.
En India, 335 millones de niñas y mujeres tienen la menstruación cada
mes, pero sólo un 12% tiene acceso a compresas o paños
higiénicos y 200 millones carecen de información adecuada sobre la higiene
durante esa época.
Estos son los resultados de una investigación realizada en India por el
WSSCC sobre la gestión de la higiene menstrual, cuyas conclusiones serán
presentadas íntegramente en Ginebra el próximo viernes con motivo del Día
Internacional de la Mujer.
Para este estudio, se realizaron entrevistas individuales a
747 mujeres y niñas y se contó también con la opinión de otras 12.000 que
participaron en grupos de discusión en cinco estados del país.
"La falta de información, de infraestructuras y de buenas políticas
en materia de gestión de la higiene menstrual tiene graves consecuencias sobre
la salud y el desarrollo de mujeres y niñas, y repercusiones negativas para la
sociedad a largo plazo", ha alertado Patkar.
La investigación también revela que sólo el 30,2 % de las
mujeres y niñas sabía qué era la menstruación antes de tenerla por
primera vez y que más del 80 % considera que la sangre durante ese periodo es
"sucia".
"La menstruación es un tabú en muchas partes del
mundo, incluidos Estados Unidos y Europa, pero especialmente en países del
sureste asiático o de África subsahariana, regiones muy afectadas por la
deficiente gestión de la higiene menstrual", ha señalado Patkar.
Este silencio, añadió, es predominante en sociedades patriarcales,
pobres, y fruto en ocasiones de interpretaciones religiosas. El estudio muestra
que uno de los mayores problemas para las mujeres es lagestión de los
desechos durante la menstruación.
"Casi el 90% afirma que en el colegio no hay ningún lugar parar
tirar esos desechos, casi el 80% dice lo mismo de sus lugares de trabajo y
aquellas que afirman disponer de una solución para deshacerse de ellos lo hacen
en arroyos, ríos o letrinas cercanas", ha manifestado Patkar.
En este sentido, ha criticado que las dificultades para que las mujeres
lleven su menstruación con "privacidad, dignidad y seguridad" en
el colegio o en el trabajo "las obliga a permanecer encerradas en casa
durante esos días".
La experta ha explicado que la reclusión en sus hogares limita la
participación de las mujeres de forma plena en la vida diaria.
"Las niñas tienen dificultades para completar su formación por
faltar a clase de forma repetida cuando tienen la regla y porque al alcanzar la
pubertad ya pueden ser madres y abandonan la escuela", ha puntualizado.
Por otro lado, Patkar ha manifestado que el hecho de que las mujeres
falten al trabajo tiene repercusiones negativas en la productividad del país.
Otro aspecto contemplado en la investigación es la gestión de los residuos en
los hogares, donde el 19,7% de las mujeres quema las compresas usadas, el 5,6%
las entierra y el 12,7% las tira al río o el mar.
En el mundo hay 2.000 millones mujeres que tienen la menstruación cada
mes y 334 millones de ellas coinciden con la regla en el mismo momento
viernes, 8 de marzo de 2013
Las 6 mejores laptops de menos de $500 dólares
Si buscas equipos portátiles baratos y ligeramente
buenos, entonces quédate aquí porque los has encontrado. A
continuación presentamos una pequeñas lista con las 6 mejores portátilescuyo costo es de $500 dólares o menos. No están
colocadas en ningún orden en especial.
-HP Pavilion g6 ($430
dólares): potente, barata y además disponible en distintos colores. Puede
contar con un procesador Intel Core i3 o bien con un APU de AMD.
-Acer Aspire V3-551-8458 ($500
dólares): ¿es posible adquirir una laptop Windows por un bajo precio y con una
tarjeta gráfica decente? Parece que sí. Su APU AMD de cuatro núcleos incorpora
una tarjeta gráfica de mediana calidad que te permitirá disfrutar de muchos
juegos en su pantalla de 15 pulgadas.
-Samsung Chromebook 3 ($250 dólares): si buscas
algo realmente barato, versátil y fácil de llevar, aquí lo ves. Esta Chromebook
cuenta con un procesador ARM y nos brinda unas geniales 7 horas y media de
batería.
-Lenovo IdeaPad S400 ($455
dólares): una ultradelgada con Windows 8, procesador Intel Core i3 y un peso de
solamente 1,5 kilogramos. La batería no es muy buena que digamos, pero aún así
es un buen equipo.
-ASUS Q200 ($500
dólares): pantalla touch de 12 pulgadas, bajo peso, poco grosor, estupendos
parlantes, muy buena webcam y sistema operativo Windows 8, todo por un precio
bastante bueno.
-HP Pavilion Sleekbook
15z-b000 ($480 dólares): un procesador quad-core y 4GB de RAM es todo
lo que necesitas para llevar a cabo todas las tareas diarias que realizas en tu
PC, al menos claro que seas un diseñador gráfico profesional o algo por el
estilo. Su batería de 4 horas de duración es aceptable.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Hugo Chávez, antimperialista, socialista y latinoamericano inmortal
La muerte de Hugo Chávez ha llenado de tristeza a millones de trabajadores/as y a las clases populares alrededor del globo, a la que los ricos y poderosos del capitalismo en crisis se han regocijado. A pesar de los millones de dólares destinados a sacarle del poder por las malas, el líder venezolano consiguió mejorar las condiciones de vida de su pueblo y transformar el horizonte político de América Latina liderando un giro a la izquierda.
En lo económico, Chávez logró una mayor igualdad con subidas del salario mínimo, las pensiones, y remuneración del trabajo doméstico, todo lo cual tuvo como resultado una notable reducción de la pobreza y de la desigualdad de ingresos. A pesar del las contradicciones que supone fomentar el consumismo de clases medias (por ejemplo, en la aspiración de un automóvil para todos), Chávez fomento alternativas socialistas que fueron más allá de la socialdemocracia europea. Así, encontramos zonas no capitalistas, “empresas de producción social”, cogestión y cooperativas, y varias nacionalizaciones.
En lo político, Chávez consiguió aglutinar grupos nacionalistas y socialistas en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y mantener un equilibrio que le llevó a conseguir más de 10 victorias electorales. Sus programas sociales, las famosas “Misiones”, llevaron la atención primaria a los cerros de Caracas y a la mayoría de la población. La Misión Mercal permitió que las clases trabajadoras accediesen a una alimentación de mayor calidad, a pesar de las carestías aún existentes. Las clases sociales más explotadas tuvieron acceso a la educación, entre los que se cuentan los programas que intentan cambiar el origen social de la “clase médica” para intentar hacerla más sensible a las necesidades de la población. Los Consejos Comunales permitieron que las comunidades afectadas tuvieran control directo sobre la gestión de los servicios sociales en los que se incluye la salud pública, el agua, la propiedad, la educación, el deporte, la prevención de riesgos para la salud, y la vivienda, entre otros. Es cierto que se cometieron errores de planificación y de otra índole. Pero incluso con problemas de planificación urbanística no se puede comparar el bienestar proporcionado por un piso amueblado con electrodomésticos con el de un rancho en los cerros. La corrupción en la empresa petrolera estatal PDVSA se redujo. El sistema judicial y la criminalidad en Caracas siguieron siendo sin embargo muy elevados, tal vez debido en parte a la aversión que Chávez sentía hacia la represión estatal.
¿Quién da más?
En lo cultural, Chávez tuvo la osadía de romper con las barreras que el clasismo universitario está imponiendo cada vez en mayor medida en los países del Norte. El mal llamado “populista” no era tal. Conjugaba la astucia de un Fidel con el romanticismo del Che, lo que le hará pasar a la historia de los latinoamericanos inmortales junto a Allende, Neruda, Guevara, Martí y tantos más. No le conocíamos bien pero cara a cara en “Aló Presidente”, en Miraflores, parecía un hombre más cerebral, consciente y reflexivo que su imagen pública, y desde luego muy valiente. Su capacidad de comunicación con su pueblo, las clases trabajadoras de Venezuela, y por extensión de Latinoamérica y el mundo entero, no tenía comparación. Podía hablar de Meszaros, Marx, Chomsky con la misma falta de pretensión, sencillez, y claridad con la que hablaba de béisbol o cantaba una ranchera o una canción de Alí Primera. Sin hacer esfuerzo alguno rompía las barreras del elitismo de clase media alta que hace de la cultura un bien mercantilizado al alcance de unos pocos con altos estudios universitarios. No había en él ni un ápice de complejo de inferioridad neocolonial, admiración por la cultura anglosajona o de identificación con el opresor. A Chávez no le importaba lo que los imperialistas del norte pensaran de él. Esa era una de las razones por las cuales los medios le atacaron sin piedad con un fervor frenético.
Las especulaciones sobre el futuro de la Revolución Bolivariana, al menos las del norte del río Grande, infravaloran el cambio conseguido bajo Chávez. Hoy en día hay una integración Latinoamericana en ciernes. El pueblo venezolano, “Chávez es el pueblo”, es consciente de sus derechos constitucionales y está dispuesto a defenderlos. A pesar del sectarismo, de la Boliburguesía, los militares de derechas, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y la interferencia extranjera, será extremadamente difícil que logren hacer dar un paso atrás si las clases trabajadoras y una parte de las clases medias se oponen.
La izquierda timorata del Norte debería aprender mucho de él, de su coraje y de su obcecada determinación a cambiar el curso de la historia. Se negó a seguir el guión que le había escrito el neoliberalismo imperialista. Se creía el heredero de Bolívar, consiguió que le creyéramos y acabo siéndolo. Para evitar la destrucción del planeta harán falta muchos Chávez y muchos pueblos bolivarianos.
martes, 5 de marzo de 2013
Irak
se ve arrastrado hacia la guerra en Siria
Los
ataques de soldados de Irak al opositor Ejército Libre Sirio en la frontera es
un indicio de que no sólo Líbano sufre las consecuencias de la irresuelta y
artificial guerra de Siria. ¿Cuál es el papel de Rusia, Estados Unidos, Israel,
Turquía e Irán en este conflicto que podría extenderse a la región?
Mientras
el presidente francés, François Hollande visitaba a su par ruso, Vladimir
Putin, y le agradecía su apoyo en la intervención militar en Malí, se pudo
vislumbrar la frialdad de las relaciones en cuanto al conflicto de Siria.
No
es para menos, dado que Francia por un lado combate a Al Qaeda en África y por
el otro financia grupos extremistas islámicos, a través de Líbano, Turquía,
Arabia Saudita y Qatar en Siria para derrocar al presidente Bashar al Assad.
Por
su lado, Putin sostiene a Al Assad, ya que además de ser un aliado geopolítico
importante, Rusia mantiene un puerto en Siria a donde se encuentra estacionada
gran parte de la flota del Mediterráneo.
Esa
tensa reunión demostró que aun no hay pactada una salida a la sangrienta guerra
impuesta en Siria como se supuso cuando Putin visitó Turquía – meses atrás –
para firmar acuerdos comerciales y energéticos.
Pacto
con el Diablo
Desde
que se estancó la guerra en Siria, que comenzó hace dos años, varios analistas
alertaron que podría extenderse haca el Líbano, ya que los sucesos políticos
sirios repercuten directamente en ese país multicultural.
El
gobierno de Irak llegó al poder no sólo por la ayuda militar occidental tras el
derrocamiento de Saddam Hussein, sino por el pacto entre Estados Unidos e Irán
para que Teherán le quitara el apoyo a las guerrillas armadas chiitas,
principalmente la encabezada por Muqtada Al Sadr.
Este
acuerdo sellado en 2007 permitió que la mayoría chiita se hiciera con el control
del caótico Irak, tras los cientos de miles de muertos que dejó la invasión de
2003.
Al
mismo tiempo, Irán ganó influencia sobre un país de mayoría chiita y además
Estados Unidos consolidó a sus soldados mercenarios llamados “contratistas”,
sus empresas energéticas, de reconstrucción y de servicios.
Peligro
regional
El
gobierno chiita, encabezado por Nuri Al Maliki, con el apoyo occidental y de
Irán combate a los militantes de Al Qaeda que llegaron hasta esas tierras para
luchar contra los invasores tras la caída de Saddam.
Pero,
en 2011, miles de extremistas cruzaron la frontera siria para unirse a los
combatientes financiados por Occidente y desestabilizar a Siria.
En
tanto, el gobierno iraquí, permitió que aviones iraníes cruzaran su espacio
aéreo para prestarle apoyo a Al Assad.
En
el día de hoy militares iraquíes bombardearon posiciones del Ejército Libre
Sirio, la guerrilla cercana a Al Qaeda que opera en Siria.
De
esta manera, no sólo Líbano sufre las consecuencias de este conflicto
artificial, sino que Irak ya movilizó su ejército a la frontera con Siria para
detener el avance de milicianos sunitas.
Por
otro lado, en caso de que Al Assad llegara a caer, Israel deberá protegerse de
los combatientes islámicos, e Irán podría sufrir un mayor aislamiento regional.
En
cuanto a Irak, que viene del caos, la explosión de Siria podría provocar el
regreso de militantes de Al Qaeda regresen. Pero, aun no se prevé el final del
conflicto sirio en el corto plazo.
miércoles, 27 de febrero de 2013
El ocaso de toda una gran ciudad en pleno corazón del imperio estadounidense. Un antiguo símbolo de su poderío industrial y del “sueño americano” donde hoy, sin embargo, se venden viviendas por el precio simbólico de un dólar, ya que nadie quiere habitar el inhóspito silencio de unos barrios abandonados que no tienen electricidad, ni agua, ni policía, ni escuelas. Porciones enteras de la ciudad han muerto. Otras están agonizando. Otras sobreviven, pero lo hacen rodeadas de un creciente marasmo de solares vacíos y calles abandonadas. Al igual que la calavera de Hamlet, el pulido esqueleto de Detroit nos mira con la sonrisa sardónica de los muertos, como queriendo decir “no os lo toméis a mal, amigos, ¡la economía de mercado es así!”.
La prensa internacional lleva varios años recreándose en el asombro por
lo sucedido en la ciudad más grande de Michigan y nosotros no podíamos ser
menos, ya que el declive de Detroit es un fenómeno fascinante. Trágico, sin
duda, pero fascinante. Primero por las imágenes que ha generado, especialmente
en forma de “naturaleza muerta” arquitectónica. Han sido esas fotografías las
que han atraído las miradas del mundo hacia una ciudad que llevaba décadas
descomponiéndose en silencio. Hace un tiempo causó cierto impacto un reportaje
de la revista Time en el que dos fotógrafos franceses —Yves
Marchand y Romain Meffre, quienes además publicaron un
libro llamado Ruins of Detroit— hacían un repaso a algunos rincones
muy representativos de la decadencia de la ciudad. Podíamos ver estaciones de
tren, aulas, consultorios de dentista, teatros, polígonos industriales,
oficinas, bibliotecas… todos ellos lugares que ahora están vacíos,
descascarillados por el tiempo y sumidos en un entrópico desorden. Un
fantasmagórico espectáculo de objetos cotidianos a los que ya nadie va a dar
uso, de pequeños pedazos de civilización que se han perdido y que nadie sabe
cómo recuperar. Son escenas que se repiten una y otra vez a lo largo de una de
las ciudades más grandes de los EE. UU. No estamos hablando de recovecos
ignorados por hallarse en las inconvenientes e incómodas afueras, no, aunque a
veces lo parezca porque aparecen rodeados de la nada. Algunos de los casos más
espectaculares de grandes infraestructuras difuntas se encuentran en pleno
centro de Detroit. Escenarios que podrían pertenecer a una película de
ciencia-ficción apocalíptica, pero que son reales y yacen en plena espina
dorsal de lo que una vez fue una de las metrópolis más importantes del mundo,
la bandera de la infalible creación de riqueza del sistema. Ahora esa bandera
sigue agitándose al viento, pero más bien como un trapo descuidado que se ha
convertido en motivo de sonrojo para los profetas del “nada puede fallar”.
Personalmente, me llamó mucho la atención la frase de un vecino de Detroit que
recogía un artículo: “cuando nos mudamos aquí hace diez años, le dije a mi
mujer que iba a volver a fumar. Todo era tan apocalíptico que sentí la
necesidad de volver a los viejos hábitos”. Así es como una ciudad puede morir.
A mediados del siglo XX, la orgullosa Detroit era la cuarta mayor ciudad
de los Estados Unidos de América, únicamente por detrás de los consabidos
grandes colosos: New York, Los Angeles y Chicago. Hoy ha caído al puesto número
18 de la lista, por debajo de municipios de los que ustedes probablemente
habrán escuchado hablar bastante menos, caso de Columbus, Jacksonville,
Charlotte o Fort Worth. Y anda en camino de terminar cayendo incluso un puesto
más, ya que su población podría ser superada en poco tiempo por la ciudad
tejana de El Paso. Detroit es, junto a la problemática Baltimore, la única gran
ciudad de los Estados Unidos que pierde población de manera sostenida. Y la
situación no tiene visos de cambiar a corto plazo, pese a los desmentidos a la
desesperada del actual alcalde Dave Bing, quien se empeña en que
“los números deben de ser incorrectos”. Voluntariosa pero inútil autodefensa
muy propia de un político que no afronta la realidad de la sociedad que
administra. Porque el censo oficial muestra una aplastante tendencia histórica:
en 1950, el municipio contaba con 1 900 000 habitantes. Cuatro décadas más
tarde, en 1990, había perdido casi la mitad y se había visto reducida a 1 000
000. Pero la cosa no se detuvo ahí; el éxodo se aceleró con el cambio de siglo
y en los últimos censos oficiales se contabilizan unos 700.000 habitantes. Es
decir: lo que antaño fue la cuarta pata de la gran mesa estadounidense ha
perdido más de un millón de habitantes en medio siglo. Peor aún: desde el año
2000 se han marchado más de 200 000 personas del casco urbano. Es decir, la
ciudad ha perdido un sobrecogedor 25% de su población… ¡en diez años! Se estima
que quedan en Detroit unas 270 000 viviendas en pie, a repartir entre 160 000
familias. Y eso que muchas han sido demolidas o han desaparecido pasto de las
llamas.
¿Qué ha sucedido? Porque en sus buenos tiempos Detroit fue una Meca del
empleo, uno de los lugares donde resultaba más fácil establecerse. Lucía con
orgullo el sobrenombre de “Motor City”: su inmensa industria del automóvil la
había convertido en una metrópolis populosa y floreciente, en la que había
trabajo, dinero, negocios, ganancias. Entre 1900 y 1930, la atracción que
despertaba la inagotable oferta de trabajo multiplicó la población de la ciudad
por seis. Llegaron cantidades ingentes de inmigrantes —blancos europeos y
negros del sur— buscando salir adelante en la fabricación de coches, con lo que
Detroit se convirtió en la ciudad de más rápido crecimiento de los EE. UU.
General Motors, Ford y Crhysler constituyeron la santísima trinidad de
corporaciones que convirtieron Michigan en el máximo propulsor de la industria
manufacturera estadounidense.
Aquella prosperidad se transformó en lujuria arquitectónica. Se construyó.
Y se siguió construyendo. La ciudad se vistió de lujo, con obras ambiciosas y
un gusto adquirido por refinamientos culturales de los que incluso su población
obrera podía sentirse orgullosa. Hacia 1950 se alcanzó el pico de población.
Detroit llegó a conseguir que su nombre resonase más allá de las fronteras
estadounidenses y no únicamente por ser la cuna y laboratorio del nativo más
célebre de Michigan, Henry Ford, uno de los padres de la industria
moderna, si acaso no “el” padre. La ciudad consiguió proyectar al exterior una
personalidad propia, una cultura distintiva. Por ejemplo, durante los años 60
Detroit alcanzó celebridad universal gracias a la discográfica Motown, que fue
para Detroit lo que los Beatles fueron para Liverpool o lo que Nirvana fue
para Seattle. Hitos de la cultura popular que ponían una ciudad industrial en
el mapamundi.
Por entonces, sin embargo, la ciudad ya había empezado a manifestar los
síntomas de diversas enfermedades. En el barco de Detroit nunca se consiguió
que todos remasen al unísono y la ciudad fue uno de los principales ejemplos de
un fenómeno inconveniente: la segregación racial espontánea. Los blancos vivían
en sus barrios y los negros en los suyos, generalmente en zonas más pobres. No
se mezclaban. Cuando un negro progresaba gracias a su trabajo o a su talento y
se mudaba a un barrio mejor, los blancos se sentían incómodos. Esto produjo un
fenómeno que no fue exclusivo de Detroit, pero que sí fue particularmente
marcado allí: el white flight, la salida de población blanca de
clase media hacia los suburbios, más acomodados y más acogedores. Los negros
permanecían en el centro, en el municipio de Detroit propiamente dicho, hasta
que se convirtió en la ciudad con mayoría de población negra más grande del
país. Mientras los municipios circundantes del área urbana estaban cada vez más
poblados, la propia Detroit comenzaba a contar su población a la baja. Otro
efecto directo del white flight fue la fuga de capitales: a
medida que se marchaba la población blanca —que casi invariablemente disponía
de mayores ingresos— la renta per capita en Detroit comenzaba a decaer. Había
que unir a todo esto el progresivo descenso en la actividad industrial motivado
por la incipiente deslocalización de las grandes empresas, la cual produjo un
aumento del desempleo que afectó principalmente a la población negra del
centro.
Se produjo una fractura social no solamente entre blancos y negros, sino
incluso entre los propios afroamericanos: mientras una parte pudo aspirar a
convertirse en clase media como en ningún otro lugar de los EE. UU. —con buenos
trabajos, viviendas agradables en barrios tranquilos y optimistas aspiraciones
de cara a futuro—, otros se veían presas del paro y la marginalidad. La
delincuencia empezó a incrementarse, principalmente como consecuencia de la
implantación de redes de tráfico de drogas. Guerras callejeras entre mafias
negras y blancas para controlar el narcotráfico provocaron un incremento de la
violencia. Detroit llegó a ser la capital nacional del asesinato, además de
aparecer frecuentemente en las noticias a causa de disturbios diversos de
carácter racial.
Durante los 70, pese a los crecientes problemas, la ciudad continuaba
construyendo grandes edificios e infraestructuras. Puede que el declive social
se fuese agravando, pero no hay quien se fije menos en la auténtica realidad de
los números que aquellos que se pasan el día especulando con esos números (y la
presente crisis nos ha dado buena muestra de ello). Detroit continuaba
brillando de puertas afuera, así que había que seguir adelante con la función:
se supone que la ambición siempre tiene premio y se erigieron hitos
arquitectónicos espectaculares como el Renaissance Center, hoy un detalle
característico del skyline de la ciudad. En el trasfondo, sin
embargo, el desempleo, la pobreza y la violencia continuaban agravándose. Las
empresas seguían marchándose para obtener mayores beneficios en lugares en los
que hubiese mano de obra más barata y con menos aspiraciones laborales. La
concesión de licencias para nuevas factorías estaba bajo mínimos. Incluso
Motown, estandarte económico de la ciudad junto a los tres grandes del
automóvil, optó por mudarse a Los Angeles. El barco de Detroit seguía flotando
a duras penas, pero quienes habían visto agrandarse las vías de agua y tenían
posibilidades para marcharse —como las corporaciones— no lo dudaron un
instante. En general, casi todos los grandes núcleos industriales y
manufactureros del nordeste estadounidense empezaron a sufrir las consecuencias
de la deslocalización: es el hoy llamado “cinturón del óxido”, la antigua
constelación de centros productivos que se vieron repentinamente condenados a
la inactividad cuando las grandes empresas descubrieron que podían ganar más
dinero en otros lugares. Pero en ninguna otra parte tuvo este proceso
consecuencias tan demoledoras como en Michigan, y muy especialmente en Detroit.
Pese a todo, casi de manera paradójica, el renombre internacional de lo
que aquí llamaríamos “la marca Detroit” no decayó en los años 80. Aunque ya se
estaban cerrando infraestructuras y la tasa de desempleo estaba oficialmente
situada en un 12% —bastante por encima de la media nacional—, la proyección
mundial de la NBA le confirió un último motivo de orgullo a la ciudad. Los
Detroit Pistons, gracias a una generación de jugadores conocida como los Bad
Boys, se hicieron célebres justo en el momento en que el baloncesto
profesional estadounidense fue transformado en un producto de consumo mundial,
como McDonald’s o la Coca Cola. Lospistones —no podían llamarse de
otro modo jugando en representación de la capital mundial del automóvil— eran
rudos, sucios y desde luego carismáticos. Casi sin pretenderlo reflejaron
perfectamente la personalidad propia de la ciudad: dureza callejera y eficacia
industrial a partes iguales. Eran el Reverso Tenebroso del showtime hollywoodiense
de los Lakers, del cerebral esteticismo renacentista de las huestes de la europeizante
y universitaria Boston, o de las hazañas atléticas de Chicago. Los Pistons eran
puro Detroit, unos forajidos de las canchas liderados por Isiah Thomas que
le plantaban cara a base de chulería Michigander al sonriente
prestidigitador “Magic” Johnson, a aquel severo compositor de
sonatas para aro y orquesta llamadoLarry Bird, o al superhéroe de dibujo
animado que conocimos como Michael Jordan. Eran tiempos de gloria
para la Motor City. Serían los últimos. Porque el deporte muy a menudo engaña…
para entonces la ciudad ya había entrado definitivamente en barrena. Que nos lo
digan a nosotros, los españoles, flamantes campeones del mundo de fútbol. Sin
trabajo, pero campeones.
Los años 90 y el cambio de siglo trajeron consigo el desmoronamiento
total. Las últimas grandes fábricas que aún quedaban también partieron en busca
de empleados que trabajasen lo mismo o más por mucho menos dinero y la
industria de Detroit, ya agonizante, firmó su certificado de defunción. Ya no
solamente los negros del centro de Detroit se veían castigados por el
desempleo, sino también los blancos del área metropolitana (caso de Flint,
localidad natal de Michael Moore, cuyo colapso económico ha sido
nutridamente documentado por el cineasta). La crisis mundial del 2008 ha
terminado de acelerar la huida en masa de habitantes y la ciudad se ha
desangrado. Las consecuencias de la diáspora han sido tremebundas para Detroit:
a menudo han sido los más pobres quienes se han quedado, así que la renta per
capita se ha desplomado todavía más, y lógicamente la capacidad recaudatoria
del ayuntamiento se ha extinguido. La magnitud del desastre no puede ser
exagerada: el consistorio se ha encontrado con gravísimos problemas de falta de
presupuesto y ha tomado medidas extremas, llegando a retirar de barrios enteros
el alumbrado eléctrico, el suministro de aguas y la recogida de basuras, así
como la cobertura policial y de emergencias, todo porque sencillamente ya no
hay dinero para mantenerlas. El propio ayuntamiento animaba a los ciudadanos a
mudarse a aquellos barrios donde todavía se podían conservar los servicios
básicos —aunque depauperados— en lo que constituye un alucinógeno ejemplo de
ciudad del primer mundo que da por perdidos varios de sus miembros y ha
decidido amputarlos para que no se extienda la gangrena. Regiones enteras de la
metrópolis quedaron vacías. Las propias autoridades han decidido demoler
edificios que habían quedado vacíos para no tener que hacerse cargo de su
mantenimiento. Otros muchos han sido incendiados. Un vistazo a Google Earth
resulta revelador: la cantidad de solares vacíos en pleno centro de la ciudad
puede dejar boquiabierto a cualquiera.
Desamparo social y catástrofe educativa vinieron después, casi en forma
de plaga bíblica. La actual crisis financiera, que EE. UU. sobrelleva con su
acostumbrado ímpetu de siempre, no ha podido en cambio ser afrontada por
Detroit. El desempleo registrado gira en torno al 20%, algo totalmente inaudito
en una gran ciudad de la América moderna. Pero hablamos de la cifra oficial,
porque no son pocos quienes la elevan considerablemente y llegan a hablar de la
mitad de la población en edad de trabajar. El porcentaje de familias por debajo
del umbral de la pobreza se calcula entre un 30-35%, de nuevo según cifras
oficiales que podemos sospechar tiran por lo bajo. Económicamente hablando,
Detroit casi está dejando de ser América, al menos tal y como los americanos
quisieran entender su país. Naturalmente, las historias humanas que hay detrás
de todo este curso de degradación resultan incontables y a menudo terriblemente
desgarradoras. Como en toda crisis económica, fenómeno que los políticos y
muchos medios de comunicación suelen limitarse a resumir alegremente con un
puñado de números, el sufrimiento humano se convierte en un índice que no puede
siquiera medirse, entre otras cosas porque la mayoría de las veces queda oculto
en el anonimato de las víctimas. Pero ha surgido un reclamo inesperado: la
arquitectura abandonada ejerce como portavoz silencioso de ese sufrimiento.
Fotografías de colegios vacíos que nos hablan de los niños que ya no tienen
aula, de los padres que ya no tienen trabajo, de los hoteles en donde ya nadie
se hospeda porque en Detroit ya no hay negocio alguno que hacer y es un lugar
de donde se huye, no a donde se va. Fotógrafos profesionales y aficionados de
diversas partes del mundo comenzaron a acudir en busca de imágenes chocantes
que normalmente asociamos con el tercer mundo o con la súbita caída de
regímenes como el soviético. Grandes edificios dejados a su suerte, testimonio
mudo y descorazonadoramente monumental de la ocasional futilidad de las grandes
ambiciones colectivas cuando quienes han generado esas ambiciones han decidido
que ya no ganan lo suficiente allí y se marchan para no volver.
Una de las presas más codiciadas por los cazadores de bodegones
apocalípticos es la Michigan Central Station, que en su día fue uno de los
varios motivos de orgullo para una ciudad que podía presumir de contar con la
construcción ferroviaria más alta del mundo. Hoy, sin embargo, parece el
decorado de una pesadilla distópica. Pocos lugares abandonados hay en el
corazón de occidente con semejante atractivo simbólico para el objetivo de una
cámara: su solemne y grandilocuente fachada fue concebida en pleno arrebato
monumentalista del auge industrial. La estación se alza en solitario frente al
Parque Roosevelt, sin otros edificios circundantes: una ubicación insular que
durante su periodo de actividad se antojaba casi paradisíaca… qué mejor
bienvenida al forastero que una estación rodeada de parques y grandes explanadas
de verde césped. Hoy, sin embargo, ese mismo aislamiento la hace parecer un
tétrico monolito legado por alguna civilización alienígena, abandonado allí
para asombro de los humanos. El estado de abandono de su exterior produce el
efecto óptico de hallarnos ante el vestigio de una era remota: vías
reconquistadas por la mala hierba, pavimentos agrietados y arbustos que se
empeñan en crecer incluso sobre el terrado del edificio del vestíbulo. Todavía
más impresionante resulta el interior, aunque desgraciadamente no lo han sabido
respetar los compulsivos estampadores de graffitis, incapaces —en sus cortas
miras— de reconocer y admirar la grave y majestuosa decadencia catedralicia que
los rodea. Todo un templo consagrado al olvido en el que las pueriles pintadas
todavía parecen irrespetuosas y fuera de lugar, como si alguien vaciase su
spray sobre un féretro sin pensar en la dignidad del difunto.
No menos espectacular ha sido la estéril agonía del antaño esplendoroso
United Artists Theater, situado también en pleno centro de Detroit, cuyo
tablado ahora desahuciado es uno de los lugares más asombrosos de la ciudad, ya
que parece el aterrador decorado de alguna secuencia de Alien, el
octavo pasajero. En la ornamentación interior de la sala se distinguen
todavía los recargados grutescos —inspirados en la arquitectura de España, por
cierto— que un día simbolizaron el afán de los nuevos ricos michiganders por
imitar los suntuarios libertinajes del barroco europeo. Ahora, sin embargo,
esas formas aparecen desnudas y blanqueadas, como si fuesen el esqueleto de
algún inmenso monstruo deforme o los restos inertes de un arrecife de coral.
Viéndolo en su actual estado cuesta imaginar su pasado esplendor: el United
Artists Theater fue una de las ambiciosas salas de proyección construidas por
la compañía cinematográfica que Charles Chaplin, Mary
Pickford y Douglas Fairbanksfundaron como respuesta a la
dictadura de los estudios tradicionales. Inaugurado en 1928, podía dar cabida a
más de 2000 espectadores, pero además de ser un lujosísimo cine de babilónicas
hechuras, el Theater sostuvo sobre su techo un edificio de 18 plantas repletas
de opulentas oficinas para alquilar. Allí se siguieron proyectando películas de
gran formato hasta los años 70, cuando el declive comercial de la
cinematografía provocó que la sala fuese adoptada por la Orquesta Sinfónica de
Michigan. Pero pasaron los años e incluso la orquesta se terminó marchando,
hasta que ya solo quedaba en la planta baja del edificio un club nocturno, The
Vault, que ocupaba el antiguo local de un banco y que había transformando
las antiguas cámaras subterráneas en espacios nocturnos para el divertimento de
las gentes cool del downtown. Aquel club fue el
último espacio en resistir al abandono en un edificio donde la antigua sala de
cine se dedicaba a criar polvo y donde ya nadie alquilaba ninguna de las
oficinas. Cuando también The Vault cerró, el imponente United
Artists Theater quedó completamente vacío. Todo el metal útil de cada una de
las plantas fue retirado. Ahora, sin uso, el edificio espera una posible
demolición.
Por cierto, The Vault no ha sido el único negocio en
aprovechar las extintas oficinas bancarias para nuevos usos. Tras la emigración
en tropel de las instituciones financieras, sus antiguos locales han sido
ocupados por todo tipo de inquilinos oportunistas que, de hecho, cubren todo el
espectro de propósitos de servicio social: desde congregaciones baptistas a
clubes de striptease. En otros casos, ni siquiera eso. Por ejemplo,
la vida del National Bank no gozó de la prórroga del reciclaje y ahora el
robusto portón de su cámara acorazada aparece tiñoso de óxido, mientras que los
pequeños cajones de seguridad, ya vacíos, simbolizan lacónicamente toda la
riqueza perdida de la ciudad del motor. Además de los bancos, la ciudad que
reinó en el imperio del automóvil está ahora plagada de gasolineras
abandonadas, con sus fachadas aún reclamando la atención a base de colorido
maquillaje, como mujeres de la noche incapaces de hacer frente con dignidad a
su inevitable decrepitud. Lo mismo puede decirse de los restaurantes y locales
de comida rápida que lucen todavía lozanos en sus fachadas, aunque el interior
aparece oscuro porque tras sus cristales ya no se sirven hamburguesas ni café:
son negocios que a menudo han muerto en plena juventud.
No han tenido mucha más suerte los hoteles. Por ejemplo, el harinoso
salón de baile del hotel Lee Plaza fue una de las estrellas en el famoso álbum
funerario de la revista Time. Su rigor mortis fue
descarnadamente inmortalizado por las cámaras, que captaron la estancia bien
bañada por la luz diurna como para mostrar con cruel fidelidad hasta el último
desconchón de las paredes. La foto era impactante, presidida como estaba por un
piano varado sobre su costado como si fuese un buque después de un naufragio o
una ballena agonizando en la playa, en mitad de un decrépito desorden que ni
siquiera ofrece el consuelo de resultar solemne. En otro tiempo ese mismo lugar
fue patio de recreo donde tenían lugar sofisticados juegos de sociedad; hoy es
una tumba de marfil en la que no hay más cadáveres que unas cuantas sillas
rotas y un piano desvencijado. No demasiado lejos se levantan dos hoteles de 13
plantas cada uno: el Eddystone y el Park Avenue. Construidos según los patrones
de solidez racionalista de los años 20 y otrora repletos de huéspedes que
visitaban la ciudad por negocios, son ahora dos mausoleos de mal aspecto,
inútilmente erguidos sobre lo que quiso ser un parque y ahora se ha convertido
en uno de tantos descampados mortecinos.
Tampoco se ha librado del naufragio, como ya comentábamos, el sistema
educativo. El Cass Technical High School, por ejemplo, es ahora una especie de
museo dedicado a lo que pudo haber sido y no fue. Algunas de sus dependencias,
como los laboratorios, sufren un abandono tan pasmosamente estético que bien
podría haber sido diseñado por un artista conceptual: cajones y portezuelas de
madera abiertas en serie, quizá por buscadores de sustancias de dudoso uso, y
encimeras devoradas por el fárrago de mil pequeños utensilios y fragmentos de
objetos indefinidos, presidido todo por estanterías prácticamente intactas,
repletas de probetas, tubos de ensayo y mecheros Bunsen que nadie se ha
molestado en robar.
Algo similar sucede en la Jane Cooper Elementary School, donde un día se
ayudaba a los pequeños michiganders a aprender a leer,
escribir, sumar… a crecer en definitiva. Hoy es una descorazonadora parábola
visual del futuro truncado de Detroit. Empezando por su antiguo auditorio, un
teatrito donde los pequeños cantaban y actuaban para regocijo de sus padres.
Las cortinas del telón están aún en su sitio, pero mientras que el auditorio
abandonado aparecía prácticamente intacto en el reportaje de Time,
constituyendo una visión tan hermosa como triste, al año siguiente ya había
sido destrozado y pintarrajeado por los vándalos de turno… significativo el
modo en que quienes deberían sentirse víctimas del declive de la escuela, quienes
deberían querer conservar aquellos lugares intactos como monumento a su herido
orgullo ciudadano, son precisamente quienes le han puesto la puntilla
rompiéndolo todo y llenándolo de graffitis. Con todo, en algunas aulas las
pizarra continúan colgadas. Curiosamente, o no tan curiosamente, nadie se ha
llevado los libros, que bien se amontonan en cajas o se desparraman por los
suelos de la biblioteca. Además de las escuelas, otros servicios públicos
abandonados por las autoridades han producido imágenes igualmente impactantes,
como la comisaría de policía de Highland Park, donde junto a ficheros y
escritorios abandonados se desperdigaban decenas de fotografías de sospechosos,
fichas con huellas dactilares e informes que ya no servirán de nada.
Aunque, si hablamos de tamaño, los más grandes pecios del naufragio de
Detroit proceden, cómo no, de su industria. Grandiosa, ciclópea, faraónica…
todos los adjetivos se quedan cortos para describir la ruina durmiente de la
Packard Plant, quizá una de las fábricas abandonadas más fabulosas del
mundo. Bautizada inicialmente como Motor City Industrial Park, este complejo de
producción de automóviles es otro El Dorado para cualquier fotógrafo ávido de
sensaciones postarquitectónicas fuertes, cuya inmensa desolación bien puede
rivalizar con los ceremoniosos despojos industriales y militares de la extinta
URSS. Lo que allí se encuentra el fotógrafo no desmerece de la escenografía de
películas o videojuegos: un laberinto de edificios rectangulares, callejones,
túneles y explanadas alfombradas por escombros, árboles secos y arbustos sin vida.
Todo metal y vidrio ha sido retirado para el reciclaje; edificios enteros se
han visto reducidos a los meros huesos. Cuesta creer que hubo un día en que
aquello bullía de actividad, en que allí se gestaba la prosperidad o al menos
la existencia medianamente cómoda de tanta gente. El inmenso cascarón vacío del
complejo se erige ahora como una broma de mal gusto; tan grande, que su
abandono resulta insultante. Como curiosidad, la inmensa planta no está
completamente vacía, sino que tiene un inquilino fijo: Allan Hill,
antiguo homeless, desheredado del sistema que convirtió una de las
naves del lugar en un espacio habitable. El viejo y solitario Hill ya no posee
todos sus dientes pero se las ha arreglado para disponer de electricidad, agua
e incluso Internet. Un ejemplo de supervivencia y dignidad por parte de un
hombre rechazado por el sistema, que ahora habla de ese mismo sistema con calmo
escepticismo.
Igualmente imponentes son los restos mortales del complejo River Rouge
de la Ford: el interior de sus plantas de producción se antoja hoy un túnel que
lleva a ninguna parte, un armazón de metal y cemento expuesto a la herrumbre,
como si la torre Eiffel hubiese muerto de vieja, hubiese caído sobre su costado
y descansara ahora en horizontal completamente desprovista de su antiguo
señorío. Pero no solamente servicios, comercios e industrias han fenecido en
Detroit. También barrios residenciales enteros han sucumbido como en una
epidemia. Una ingente cantidad de viviendas han sido demolidas, otras
incendiadas y otras muchas yacen en silencio, desbaratadas por el tiempo, que
lo desmorona todo con una rapidez inesperada. En ciertas localizaciones, la
retirada de todos los servicios municipales básicos ha agravado la diáspora y
ha producido fenómenos chocantes como el de las viviendas en relativo buen
estado que se venden por un dólar, para el que quiera establecerse en mitad de
la zona cero… aunque por descontado nadie quiere habitar donde no hay ni luz,
ni agua, ni seguridad, ni comercios donde adquirir productos básicos de
consumo. En otros barrios con mejor suerte, las casas aún habitadas conviven
con los solares vacíos, a los que a veces se les encuentra un uso peculiar: la
ciudad puede presumir de contar con auténticos campos de maíz en algunas calles
del centro, donde los vecinos han decidido emplear la tierra vacía como huerto
particular.
Particularmente pintoresco es lo sucedido en el barrio de Brush Park. En
tiempos mejores, orgullososmichiganders de clase media-alta
edificaron viviendas elegantes y mansiones siguiendo las más vistosas
tendencias constructoras de la burguesía del viejo continente: arquitectura
renacentista francesa, italianizante, victoriana, Beaux Arts, Art Decó, Segundo
Imperio, Tudor, gótico veneciano, románico richardsoniano… todo en un mismo
barrio, como en una gran caja de bombones. Pero de las 300 mansiones originales
de Brush Park únicamente quedan unas 70 en pie; no pocas de ellas parecen ahora
salidas de la película Psicosis: ventanas que nos contemplan con
mirada hueca o veladas por una ceguera de contrachapado, fachadas a medio caer
que se van derritiendo por la flacidez del abandono, desvanes abiertos a la
intemperie, jardines secos o en el mejor de los casos rebosantes de enredaderas
que devoran con avariciosa lujuria los edificios (como una casa de Walden
Street cuya fachada está completamente cubierta por las hojas, creando un
singular espectáculo en mitad de la urbe). De las mansiones que todavía quedan,
muchas están en mal estado, pero varias se encuentran en proceso de intento de
rescate, porque ese barrio es uno de los principales patrimonios artísticos y
arquitectónicos de la ciudad, uno de los barrios en los que merece la pena
invertir un esfuerzo.
También en Brush Park hallamos otras metáforas de ladrillo que nos
hablan de un pasado mejor, como la antigua piscina pública, hoy un mero cajón
de cemento sin agua que lo llene, todavía dividido en “calles” como la pista de
aterrizaje donde se estrellaron los sueños de prosperidad de la ciudad. Es una
cripta rectangular erigida con bloques de un anodino gris, su techo oxidado
aparece encrespado de cables y focos que cuelgan: todo metal aprovechable e
incluso las propias lámparas han sido retiradas. Como en una broma macabra, el
mosaico del borde de la piscina todavía indica su profundidad: “8 feet”, aunque
ahora ya no hay agua que impida comprobar de un vistazo la distancia al fondo.
Son algunos ejemplos, pero se podrían citar muchos más. Se estima que
aproximadamente un tercio del territorio de la ciudad se encuentra en estado de
ruina o abandono. Las grandes empresas se han ido y la locomotora de la
industria norteamericana se ha quedado detenida en la vía, mientras los
arbustos crecen y los más espabilados desclavan las vigas para venderlas al
peso. ¿Hay esperanza para Detroit? Hoy, las cifras oficiales hablan de un
ligero repunte del trabajo disponible, y los más optimistas cifran el paro en
un 18-20%. Pero no pocas voces hablan de un 40% o incluso un 50% de desempleo
real, en mitad de un país que actualmente tiene un 8% de media, lo cual —en
aquella nación y bajo sus condiciones de vida— ya es considerado demasiado
alto. Instituciones como el Family Independence Program, un programa de
asistencia social para familias de bajos recursos con niños a su cargo (ofrece
unos 500 dólares mensuales a parejas sin ingresos con un hijo único y algo
menos de 1000 dólares a familias numerosas con siete u ocho hijos) sitúa a un
34% de la población bajo el umbral de pobreza, pero nuevamente se barajan
cifras alternativas que llegan al 60%.
Las discusiones políticas en torno al hundimiento del buque insignia de
la industria manufacturera estadounidense podrían alargarse hasta el infinito.
Algunos hablarían del derecho de las grandes empresas a buscar más beneficios
en otras localizaciones, otros harían alusión a la responsabilidad social de
dichas empresas y de las autoridades que les permiten alzar el vuelo sin
consecuencias. Probablemente no exista una respuesta simple que satisfaga a
todas las opiniones, pero la realidad de la situación, eso sí, es
incontestable. Detroit se ha venido abajo. La “gran D” se ha transformado en
una ciudad del tercer mundo inmersa en la nación que se precia de liderar el
primero. Incluso el propio gobierno de Michigan, con sede en Lansing, le ha
dado la espalda a la mayor población del estado, a la que se contempla con
disgusto y reluctancia. Detroit es un agujero presupuestario y las
instituciones municipales están sumidas en una lucha por mantenerse en
funcionamiento, mientras el gobierno estatal soñaría con ceder de buena gana la
ciudad a otro estado o incluso a Canadá.
La gente de Detroit, como suele suceder, ha respondido al cataclismo de
las formas más dispares imaginables. Algunos han optado por la delincuencia o
el vandalismo. Los hay también que vagan por las calles en busca de despojos,
en muchos casos rendidos ante la desesperanza. Otros optan por apelar a la
dignidad ciudadana, por ejemplo creando programas espontáneos de “granjas
urbanas” para autoabastecerse de alimentos frescos cultivados en los muchos
solares vacíos que hay entre unos edificios y otros. Los hay que han llegado
hasta el punto de inspirarse en formas de supervivencia local concebidas en el
tercer mundo, como un sistema de reciclaje de aguas con el que los vecinos de
pequeñas zonas mantienen el valioso fluido circulando a despecho de las fallas
institucionales. Mientras tanto, los mapaches y otros animales salvajes han
empezado a merodear de nuevo por la ciudad del automóvil, que no los veía en
sus calles desde tiempos inmemoriales.
El barco se ha hundido. Esto debería producir una profunda reflexión.
Fue la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos y, si sucedió allí, podría
suceder en cualquier parte. Porque lo que la caída de Detroit ha demostrado es
que una ciudad no es el conjunto sus edificios, ni de sus infraestructuras, ni
de sus instituciones. Una ciudad es su gente. Si la gente se marcha, la ciudad
muere. Y la gente se marcha cuando no tiene trabajo. ¿Inevitable? Quién sabe.
¿Triste? Desde luego. El Titanic se hunde, queda para la
opinión de cada cual ponerle nombre al iceberg.
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