lunes, 12 de junio de 2017


Un indigente logra un techo gracias al éxito de su libro

Jean-Marie Roughol ha vendido más de 40.000 ejemplares de su obra, en la que desgrana sus más de 20 años pidiendo limosna

La salvación de Jean-Marie Roughol fue una frase de desprecio viajando hacia los oídos adecuados. Este indigente parisino pedía limosna en los Campos Elíseos cuando vio cerrar el candado de su bicicleta a Jean-Louis Debré, exministro del Interior y uno de los políticos más reputados de Francia. Roughol lo reconoce y le propone vigilársela mientras el dirigente entra a un complejo de tiendas. La breve conversación atrae la atención de una pareja. "¿Has visto? ¡Debré está hablando con un vagabundo!", le suelta él a ella en tono burlón. Lo oyen, y en un impulso de rabia, Debré le espeta la frase que lo cambiaría todo. "Escucha Jean-Marie, yo creo que tú tienes mucho más que contar que esa gente. Escríbeme tu historia. Escríbeme tu vida. Escríbeme un libro. Yo lo corregiré y encontraré un editor".
De ese encuentro fortuito con el antiguo ministro allá en 2013 salió a la luz dos años después una obra: Pido limosna: una vida en la calle, que ha vendido más de 40.000 ejemplares. Su éxito le llevó a entrar en la lista de los más vendidos en Amazon Francia y a ser traducido al chino, el coreano o el checo. Fue el inicio de un cambio de vida. Roughol tiene un techo desde que cobró los derechos de autor el año pasado. Un giro radical para un hombre que a sus 49 años ha habitado en esa despiadada trituradora de personas llamada calle la mayor parte del tiempo en las dos últimas décadas y ha salido con vida.
En su vivienda parisina, un pequeño estudio por el que paga 530 euros al mes de alquiler, la cafetera ruge. Roughol presume de fumar menos y enciende un cigarrillo cada veinte minutos. El debate político resuena en la televisión ante la inminencia de las elecciones. El izquierdista Jean-Luc Mélenchon es su preferido. "Un hombre que piensa en los desfavorecidos", le alaba. En la pared, sobre un mapa de París, aparecen señalados más de una decena de emplazamientos. Son los lugares donde ha ejercido la mendicidad.
El relato de Roughol, tanto en las páginas de su libro como de viva voz, es la historia de un buscavidas. Días y noches al raso. Las avenidas y bulevares de París, tan agradecidos con el viajero de paso, convertidos en armas mortíferas para sus inquilinos. De sus inhóspitas calles se refugia en andenes de metro habitados por ratas del tamaño de gatos y toxicómanos con la mirada perdida que algunas noches gritan entre delirios. También en los huecos de la escalera de cualquier edificio, de donde lo echan de malos modos; en casas ocupadas sobre las que pende la amenaza de la llegada de la policía; en hostales plagados de cucarachas; bajo los cartones en cualquier esquina, o en albergues nauseabundos en los que apenas pega ojo víctima de robos y de la sinfonía de gases y ronquidos ajenos. A veces sube al último metro, se esconde bajo los asientos cuando todos los pasajeros salen, y al llegar el vehículo al garaje donde pasa la noche, sale de su guarida y se tumba a dormir en el vagón vacío, protegido de la inclemente meteorología.
Su primera noche en la calle, desorientado, sucio, recién retornado de hacer el servicio militar, sin haber cumplido aún los 20 años, sin familia ni trabajo, la pasa entre los arbustos del parque parisino de Buttes-Chaumont, oculto a los ojos de los guardias. Al día siguiente descubre las duchas públicas y trucos para procurarse comida. "Rebuscaba en las papeleras. Las cercanas a panaderías y tiendas de alimentación eran las mejor surtidas. Encontraba pan, dulces todavía envueltos o frutas".
Como recuerda entre sorbo y sorbo, cada jornada era para él un nuevo aprendizaje en el arte de sobrevivir. No son raros sus encontronazos violentos por el territorio. Sobre todo con bandas del Este. Toma consciencia de los peligros y empieza a llevar encima una navaja o un bastón para protegerse. "Si quieres echarme tendrás que matarme", dice a los que tratan de expulsarle de la zona donde pide limosna. Allí le acompañan amigos con los que forma un grupo digno de Los Miserables de Victor Hugo. Patrick, el hombre callado que solo da los buenos días. Gilles, el inventor de historias inverosímiles. Los veranos son la peor época. Deshidratado bajo la tiranía del sol y con los contribuyentes habituales de vacaciones, descubre que los turistas son un mal negocio para el sintecho. Nada que ver con el maná de la Navidad.
Antes de publicar el libro, en los días más productivos recauda unos 60 euros. En su camino se topa con lo peor de la condición humana. "No queremos vagabundos en Francia", le gritan entre insultos. A la vez constata la existencia de pequeños milagros: el desconocido que le da 300 euros. El bar que le permite comer gratis. Las anónimas manos que dejan una moneda en su vaso.
Cuando Debré le propuso escribir el libro, su primera reacción fue de vértigo. "No sé escribir, tengo faltas de ortografía", le advirtió. Pero dijo sí. Durante un año y medio alternó la escritura con el vaso extendido al viandante a modo de súplica. En ese tiempo vuelve sobre recuerdos lejanos y recientes. El vagabundo escribiendo en un parque o un café. El vagabundo haciendo memoria del abandono de su madre a los cinco años, de las brutales palizas de su padre, un camionero alcohólico, y del maltrato de los padres adoptivos con los que convivió temporalmente. El vagabundo, entonces niño, inventándose el regalo de cochecitos en Navidad para no ser el único del aula en admitir que Papa Noel no fue a su casa. El vagabundo recordando el día en que dos hombres intentaron robarle la mochila cuando pedía limosna y logró echarlos a golpes.
Llena cuadernos y se reúne con Debré en cafés de París, donde lo invita a comer mientras discuten sobre el texto. Alguna vez se ven en su elegante despacho del Consejo Constitucional y Roughol se mueve impresionado entre sus majestuosas estancias doradas. El político lo entrevista durante horas para llenar las lagunas de su historia. En ella hay momentos en los que parece salir del agujero con trabajos temporales, reparando averías como electricista o preparando crepes junto a los clubes de striptease de Pigalle. Con sus empleadas comparte lecho alguna noche. También hay momentos oscuros: fue detenido y multado por robar en una casa, aunque no entró en prisión.
La vida de Roughol es ahora cómoda. Duerme caliente, come caliente, se ducha caliente. Y de ser parte invisible del mobiliario urbano ha pasado a recorrer los estudios de radios y televisiones. La fama no ha zanjado la inquietud sobre su futuro económico más allá del libro. Dice que por eso cada mañana se lanza a la calle y sigue pidiendo dinero a los viandantes. Más aseado y mejor afeitado que tiempo atrás.
En el camino hacia el lugar habitual donde pide, un indigente se le acerca intuyendo en él a un personaje importante al ver que está siendo grabado por un cámara para este reportaje. Huele el dinero. Le implora unas monedas para un café y Roughol, que se sabe observado, se las da y le cuenta que él también es un hombre de la calle tendiéndole su libro como prueba. El joven le observa con incrédula admiración y se despide de él con un apretón de manos.
En la cálida forma de saludar y relacionarse con los que están habituados a verle pedir en la calle se atisban en Roughol motivaciones que desbordan la cuestión financiera. Reconoce que le empuja una cierta nostalgia. Como el preso que quiere regresar a prisión porque añora a sus compañeros de celda o simplemente porque el ser humano es un animal de costumbres. Porque como ha conocido en la persona de algunos de sus compañeros de periplo (muertos de frío, accidentes o enfermedades) la calle mata, pero es el centro de un inagotable universo de estímulos que ahora no encuentra en el silencio de su pequeño apartamento.
Entre sus paredes, dedica las tardes a escribir la adaptación de la obra al teatro buscando prolongar el éxito que le sacó de las esquinas. Ha descubierto que las palabras, mezcladas de una determinada manera, también pueden salvar vidas. "Si no hubiera escrito el libro, seguramente yo también habría muerto en la calle".


viernes, 9 de junio de 2017


En Qatar, ni dólares ni pollo

Los residentes y las empresas radicadas en el país desértico empiezan a evaluar el coste del cierre de fronteras.

 “Ni dólares, ni pollo”, suspira la filipina Anita ante el quinto cambista que le dice no tener divisas. Un cartel lo advierte en la ventanilla, pero ella ha querido cerciorarse. No necesita saber que una agencia de calificación de riesgos ha rebajado la nota de Qatar para intuir que le conviene proteger los ahorros que estaba guardando para su viaje a casa este verano, sus primeras vacaciones en dos años. Ayman, el empleado egipcio que la atiende, simpatiza con ella. Aunque Doha ha dicho que no va a expulsar a los 300.000 egipcios que trabajan en el emirato, se ha quedado sin embajada, vuelos directos o forma de transferir dinero a su familia.
Los cataríes se quejan de que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU) les están sometiendo a un bloqueo desde que el lunes pasado cortaron relaciones diplomáticas con su país. Pero los efectos inmediatos también se están dejando sentir entre los extranjeros que suponen el 90% de los 2,7 millones de habitantes del pequeño Estado del golfo Pérsico. En algunos casos, se trata de verdaderos dramas familiares.
J. al M. es un profesor universitario emiratí que acababa de recibir un ascenso en su departamento. Aunque la oferta sigue sobre la mesa, sus compañeros le han aconsejado que regrese a Emiratos porque, de quedarse, podría llegar a perder la nacionalidad. El problema es que su esposa, palestina, carece de pasaporte. Hatum al Fassi, la conocida feminista saudí, también se enfrenta a una situación parecida. Volver a su país antes de que venza el plazo de dos semanas que han dado las autoridades de Riad y Abu Dhabi, significa no sólo quedarse sin trabajo, sino que sus hijos pierdan los exámenes finales y el curso.
“La ausencia de divisas y de algunos alimentos es fruto de la inicial reacción de pánico más que de verdadera escasez”, apunta un analista, convencido de que los cambistas guardan reservas de moneda extranjera. Los estantes de los supermercados, que se vaciaron tras conocerse el castigo de los vecinos, vuelven a estar llenos, aunque falten productos concretos, como los lácteos del gigante saudí Almarai o el pollo traído desde EAU.
Qatar, un país desértico, importa el 90% de sus alimentos, y como en el caso de los materiales de construcción, lo hacía en gran medida a través de la frontera terrestre con Arabia Saudí y del puerto emiratí de Yebel Ali, donde las mercancías eran trasladadas a barcos más pequeños. La primera está cerrada y el segundo ha dejado de dar servicio a los navíos procedentes o con destino a Doha. Las autoridades cataríes se han apresurado a poner en marcha un plan de seguridad alimentaria y buscar fuentes de abastecimiento alternativas. Aseguran tener reservas para 10 meses. Ya han llegado a los súper nuevas marcas turcas.
“Mira qué oportuno”, señala un residente sirio mientras muestra una foto de un estante lleno de huevos Al Badailah (los alternativos, en árabe), “es la primera vez que los veo”.
Al parecer, Qatar Airways ha suspendido el traslado de caballos que realiza en esta época del año para dedicar los aviones a importar suministros. Anécdotas aparte, nadie sabe cuánto dinero ha salido del país en estos días, o cuánto está costando mantener el abastecimiento. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha dicho que es demasiado pronto para estimar el impacto del daño. De momento, las exportaciones de gas natural licuado (LNG), la fuente de la riqueza de Qatar, no se han visto afectadas, según los analistas. No obstante, la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor ha rebajado la nota del emirato ante el aumento de su vulnerabilidad.
La aerolínea de bandera es el ejemplo más visible del perjuicio, justo en un momento en que como el resto de la zona pasaba por un bache por la caída de los precios del petróleo. El cierre del espacio aéreo de sus vecinos (Bahréin en el noroeste, Arabia Saudí en el sur-suroeste y EAU en el este) sólo le deja un estrecho corredor de salida hacia Irán, en el norte. Al dolor de cabeza de reorganizar el tráfico aéreo, se suma el coste extra de combustible por el obligado rodeo para llegar a sus destinos en Europa y la cancelación de todos los vuelos con esos países (más Egipto), 70 en totalsegún Al Jazeera. “Nuestras operaciones globales no han sido afectadas”, ha declarado el presidente de la compañía, Akbar al Baker, pero a nadie se le escapa que sus competidoras, las emiratíes Emirates y Etihad tratarán de beneficiarse.
El primer golpe también ha afectado al turismo. Los saudíes, principal mercado de la estrategia catarí que busca distanciarse del modelo Dubái, han cancelado sus reservas para el Eid, los tres días de fiesta con que se pone fin al mes de ayuno de Ramadán. Pero la preocupación va más allá de las próximas semanas. Con el Mundial 2022 en el horizonte, las obras no pueden retrasarse y si la crisis continúa, terminará habiendo desabastecimiento.
Los contratistas están especialmente intranquilos. El Ministerio de Obras Públicas les ha convocado la semana que viene para elaborar un plan logístico alternativo. “Nos han pedido nuestras necesidades semanales de materiales para varios meses”, confía una fuente que, como la mayoría de los consultados pide guardar el anonimato. Esos preparativos apuntan a que el problema va para largo. “Aquí se importa todo: tubos, acero, bitumen, cables eléctricos… Las rutas alternativas significan retrasos en los envíos y sobre costes”, explica. Las empresas estudian medidas legales aduciendo “fuerza mayor” por el cambio en las condiciones, pero de momento las autoridades niegan que haya problemas.

Resulta evidente que, de prolongarse, el aislamiento económico y diplomático no sólo afectará al prestigio y las ambiciones de Qatar sino a todos los negocios con operaciones regionales, tal como ha advertido la consultora Control Risks. Al margen de las dificultades para el transporte de mercancías, las restricciones al movimiento de personas incluyen no sólo a los cataríes , sino también a todos los residentes en el emirato. Ya ha habido ejecutivos europeos que han encontrado problemas en el aeropuerto de Dubái, donde las autoridades han dejado de facilitarles el visado a la llegada, lo que preocupa en medios diplomáticos porque viola los acuerdos alcanzados al respecto entre la UE y EAU.

viernes, 2 de junio de 2017


El día en que arrestaron al general Noriega con Heavy Metal

Cuando el dictador se vio asediado por las tropas estadounidenses en 1989 se refugió en la embajada del Vaticano en Panamá. El ejército instaló varios parlantes alrededor del edificio y durante tres días lo atormentaron con canciones.

Todo el mundo tiene al menos una canción que lo saca de quicio. La mayoría de las veces, son fáciles de evitar. Pero ¿qué pasaría si es imposible cambiar el canal de televisión, apagar la radio o simplemente alejarse?

Peor aún. ¿Qué pasa si alguien lo reproduce sin parar durante una hora. Un día. Una semana. ¿Incluso más tiempo?

A esto se le ha denominado "tortura musical" y mientras que algunos de sus practicantes dicen que no debe contar como un castigo, no hay duda de que funciona.
Una de sus primeras víctimas fue el fallecido exdictador panameño, Manuel Antonio Noriega.  El 20 de diciembre de 1989, en la llamada "Operación Causa Justa", tropas estadounidenses invadieron Panamá para capturar al militar, en la que ha sido la última operación de este tipo ejecutada por Washington en América Latina.

Sin embargo, no fueron ni las balas ni la presión militar las que finalmente doblegaron a Noriega. Canciones de bandas de rock como Van Halen, Guns and Roses y The Clash fueron las que finalmente provocaron que el todopoderoso general se rindiera.
Para el año de 1989, Noriega había pasado de ser un cercano colaborador de Estados Unidos a un enemigo incómodo de la Casa Blanca. Clave durante los años de las insurrecciones sandinistas en Centro América, el apoyo de los gringos se fue desvaneciendo cuando se revelaron los vínculos de Noriega con el narcotráfico.

El hombre fuerte panameño respondió aumentando la represión y adoptando un discurso y posiciones cada vez más antiestadounidenses, que terminaron con la muerte de un infante de marina en Ciudad de Panamá en diciembre de 1989.

Y así, el 20 de ese mismo mes, 24.000 soldados de EE.UU. invadieron 
Panamá para "proteger las vidas de los ciudadanos estadounidenses presentes en el país, defender la democracia y los derechos humanos, combatir el narcotráfico y asegurar la futura neutralidad del canal". Y capturar a Noriega.
Cuatro días después de que los estadounidenses desembarcaron en Panamá, Noriega, en un desesperado intento, buscó refugio en la embajada del Vaticano. La edificación fue rodeada por soldados estadounidenses, pero el dictador se rehusó a rendirse.
Al ver que no podían entrar por la fuerza en la oficina diplomática de la Santa Sede, el ejército norteamericano optó por un arma hasta entonces poco convencional: un ataque con rock.

Un perímetro de parlantes gigantes fue construido en un esfuerzo de atormentar al dictador panameño, enclaustrado en la embajada vaticana. Los estadounidenses, conectaron los altavoces a la transmisión del Southern Command Network, la emisora militar estadounidense en Centroamérica.

Inicialmente la estación no fue consciente de la naturaleza de la operación y durante los primeros dos días reprodujeron una lista de canciones navideñas, tal como estaba programado. Sin embargo, el 27 de diciembre de 1989 un comando del ejército gringo llamó a la emisora y le explicaron el plan.
Y casi de inmediato, las voces de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald y Tony Bennett fueron reemplazadas por los riffs de guitarra de Eddie Van Halen y Slash, los alaridos de Axl Rose y Jim Morrison y los gritos de The Clash y Black Sabbath.

La lista de canciones fue cuidadosamente construida no solo por su estridencia, sino también por su valor irónico. Pistas como “I Fought The Law” (Yo peleé contra la ley) de The Clash, “All I Want Is You” (Todo lo que quiero es a ti) de U2, “If I had a Rocket Launcher” (Si tuviera un lanzacohetes) de Bruce Cockburn y “Panamá” de la banda de hard rock Van Halen, retumbaron día y noche a través de las ventanas de la embajada vaticana.

Inevitablemente, la Santa Sede se quejó directamente con el presidente Bush, y la guerra musical se detuvo después de tres días de puro rock. Finalmente, el 3 de enero de 1990, el general aceptó rendirse. Cabe recordar que el general Noriega era un reconocido amante de la música ópera.
Y aunque es difícil afirmar que los culpables de la rendición de Noriega fueron Slash y Axl Rose, entre otros, lo cierto es que la operación le dio la vuelta al mundo por su particularidad. Desde ese entonces, la “tortura musical” es una de las prácticas más frecuentes del ejército estadounidense para doblegar a sus enemigos y prisioneros.

Por su parte, la lista de canciones completa se ha guardado para la posteridad en el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington, mientras que partes de ella están disponibles en internet, denominada la “Noriega Song List”.

jueves, 1 de junio de 2017

¿Mejor en Alepo que en Córdoba?

Una familia siria decide regresar tras cinco meses en Argentina. Huían de las bombas pero no se adaptaron. Desde allí dicen que están mejor y no se arrepienten de haber vuelto.

El día que Tawfiq Touma lo dijo por primera vez, nadie podía creerlo. "Me quiero volver a Alepo, no puedo más, echo de menos demasiadas cosas". Tawfiq vivía con su mujer, Ani, y sus dos hijas adolescentes en Pilar, un pequeño pueblo cercano a Córdoba, a 700 kilómetros de Buenos Aires. Habían llegado allí con un programa de acogida de sirios, huyendo de la guerra. Pero no lograron adaptarse y preferían volver.
Argentina, tierra de inmigrantes, tiene una comunidad de origen sirio importante —el expresidente Carlos Menem lo es y también la esposa de Mauricio Macri, Juliana Awada— y ha decidido abrir las puertas para que lleguen refugiados. Pero las cosas no son tan fáciles como pueden parecer. Solo han aparecido medio centenar de los 3.000 esperados y algunos están pensando en volverse, porque la adaptación es muy dura y el idioma muy complicado.
Los Touma son los primeros que regresan. Estaban desesperados. Tanto que prefirieron volver a su tierra, devastada por una guerra civil que ha dejado entre 320.000 y 450.000 muertos, 1,5 millones de heridos y cinco millones de refugiados. En el aeropuerto de Buenos Aires, hace un par de semanas, Tawfiq y Ani, nerviosos pero convencidos de su decisión, trataban de explicar a EL PAÍS por qué creían que estarían mejor en Alepo, corazón del drama sirio, que en la tranquila campiña argentina. "Ya no hay guerra, está más tranquilo, sobre todo nuestro barrio", insistía pocos minutos antes de partir. A su lado, mientras sus hijas revoloteaban antes de subir al avión, inquietas ante la aventura, su mujer trataba de explicar una decisión que descolocó a todos. "Mi marido quiere volver. Hace falta mucho trabajo para vivir aquí y no lo conseguimos. No conectaba con nadie, se pasaba todo el día fumando, ansioso, no tenía amigos. Aquí es lindo, pero también en Alepo hay cosas lindas". Parecían incluso molestos con la incomprensión de algunos.
Tawfiq tiene la espalda destrozada porque se le cayó un televisor encima tras una explosión. No puede hacer trabajos pesados. Y como nunca logró aprender español, tampoco podía aspirar a otro tipo de oficio. En Alepo tiene una perfumería, y allí volvió. Esta semana ha enviado a sus contactos en Argentina mensajes de voz diciendo que están bien, que su casa y la perfumería seguían en pie. Ha enviado fotos de la tienda llena de cosas, lista para vender. Dicen que la vida es difícil en Alepo, pero no se arrepienten de volver.
"Estamos muy bien, estamos contentos de estar aquí", repiten en los mensajes Tawfiq y Ani. Les cuesta comunicarse porque que apenas tienen unas horas de electricidad. No hay agua potable, hay que comprar garrafas. No hay posibilidad de tener una nevera porque no hay apenas luz, la van cortando por barrios, así que compran la comida del día. Está buscando dinero para volver a fabricar sus propios perfumes.
La historia de los Touma forma parte de un documental, Aryentin, que cuenta el periplo de seis familias sirias que han llegado al país austral huyendo de la guerra. Producido por el Grupo Documenta, integrado por Fernando Lojo, Carlos Celaya, Gonzalo Lantarón, Darío Arcella, Marina Rubino y Macarena Macro, el proyecto sigue los pasos de los inmigrantes y su intento por adaptarse a un país tan diferente y lejano. Hay casos de éxito, algunos de fracaso y otros muchos de dudas.
El Gobierno argentino solo hace la gestión y entrega los visados dentro del llamado Programa Siria, pero es el "llamante", un argentino voluntarista, el que tiene que hacerse cargo de las familias durante un año. Hay otra familia en Córdoba que se peleó con la persona que les había traído y está refugiada en una iglesia. Tuvo que intervenir incluso la policía.
Los Touma tuvieron suerte. Su llamante, un argentino de Pilar que prefiere que no se publique su nombre porque cree que si lo hiciera su decisión no sería realmente altruista, se hizo cargo de todo. Les consiguió una casa, colegio para las niñas, hasta un coche. Y les pagaba todos los gastos. Lo puso todo para que se adaptaran. De hecho, les llamó porque tenía ya acogida otra familia siria, los Barbar. La mujer, Mari, es hermana de Ani, la madre de los Touma. También tienen dos hijas.
Hafez Barbar consiguió trabajo rápidamente, al contrario que Tawfiq. También tiene fuertes heridas de la guerra, sobrevivió a un coche bomba que le tuvo un año y medio en cama, pero es un buen soldador y logró colocarse en el pueblo. Sin embargo, su mujer empezó a sufrir nostalgia de Siria. Estaba cada vez peor. Y el llamante pensó que la mejor manera de resolverlo era traer a su hermana con los suyos. Las dos familias se reunieron pero Tawfiq no tenía ningún oficio y nunca consiguió adaptarse.
"Mi problema era la espalda y el idioma. No puedo conseguir un trabajo para mantener a mi familia. No puedo vivir toda la vida de otra gente, quiero ser independiente. Vinimos para cambiar de vida, para tener un futuro mejor para nuestros hijos. Pero no podía lograrlo aquí y tenía miedo de perder más cosas. En Alepo están mis amigos, mi familia, viví toda mi vida allí, me cuesta construir eso de nuevo en Argentina. No me acostumbré", explica Tawfiq, que entiende que sorprenda pero recuerda que es algo que le pasa a muchos emigrantes. "Cuando vine acá se me fue el miedo que tenía cuando me fui", insiste.
El llamante está frustrado aunque tranquilo al saber que los Touma están bien en Alepo. Las dos familias son cristianas, y fue un cura argentino que vive en Siria el que les animó a viajar al país austral y les desaconsejó que se volvieran. "Yo pensé que lo importante era sacarlos de la zona de guerra. Pero ellos venían a buscar una vida mejor. Fue más fuerte el deseo de volver que el miedo. Dice que la guerra se ha trasladado. Él quiere mucho a sus hijas, no creo que sean tan suicidas de ir si hay peligro de muerte. La inmigración ha cambiado mucho. Hace 100 años cuando te ibas rompías todo el vínculo. Los Touma estaban conectados a Alepo con WhatsApp a diario. Estaban seguros de que podían volver y de momento están bien aunque con muchas limitaciones. Él no veía que en Argentina pudiera ganar lo necesario para vivir, esto es mucho más caro que Siria", explica.
Un pequeño robo de unas mochilas en la casa que les habían conseguido en Pilar también contribuyó a la desesperación de los Touma. Además, eran gente de ciudad que no se acostumbró a la vida en una zona rural. Insistían mucho en el terror que les provocaban los perros callejeros, por ejemplo. Pese al fracaso, al llamante le queda una satisfacción: los Barbar sí se quedan. "Hafez me dijo 'no hay marcha atrás. Yo no tengo donde volver". Los Touma prefirieron Alepo. Y de momento no se arrepienten.


miércoles, 31 de mayo de 2017


El paramilitarismo sí existe


El parlamentario colombiano Alirio Uribe denunció en su cuenta de Twitter que el “Paramilitarismo sí existe, sino es el Ejército” este trino del doctor Uribe, lo hace en respuesta a las declaraciones de altos funcionarios del gobierno del presidente Juan Manuel Santos, que niegan la existencia del paramilitarismo, especialmente el ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, encargado de ordenar a las Fuerzas Militares, combatir a estas bandas criminales. Con este trino el legislador colombiano deja claro que sí no existe el paramilitarismo, entonces las violaciones, asesinatos, desapariciones de personas, son acciones que ejecuta el Ejército.
Las declaraciones del congresista que representa en la Cámara de Representante al Polo Democrático, están basadas en la alarmante cifra de más de 2,600 casos de violaciones a los derechos humanos en el año 2016, denunciados por el prestigioso Centro de Investigaciones y Educación Popular. (Cinep).
El diario colombiano El Espectador, del pasado 3 de mayo da a conocer el informe del Cinep y del Programa por la Paz, que tituló: “El paramilitarismo SÍ existe”. En clara respuesta al discurso del Gobierno y la Fuerza Pública, que ante las denuncias por asesinatos, amenazas y ataques a líderes políticos y defensores de derechos humanos han sostenido que no se trata de casos sistemáticos sino de hechos aislados, y que el paramilitarismo no existe. Según los datos consignados en la investigación, durante 2016 grupos paramilitares amenazaron a 395 personas, ejecutaron extrajudicialmente a 83, hirieron a 44, desaparecieron a nueve y torturaron a 12.
La guerra sucia y la utilización del paramilitarismo por el establishment para el exterminio de los sectores políticos progresistas, democráticos, de izquierda, líderes sociales y defensores de derechos humanos no se han extinguido, muy por el contrario hoy tienen tanta fuerza como cuando en su más amplio esplendor lograron controlar más de 20 departamentos de los 32 que integran la geografía colombiana.
El paramilitarismo cobra fuerza en Colombia luego que el ex presidente y hoy senador Álvaro Uribe Vélez, durante su mandato como gobernador del departamento de Antioquia, con el apoyo del entonces ministro de Defensa Fernando Botero Zea, en el segundo semestre de 1994 promueven una ley para legitimar las llamada Convivir (Cooperativas de Vigilancia Privadas). Fue con estas cooperativas utilizadas por los terratenientes y narcotraficante que se aplica la política contrainsurgente de “tierra arrasada” en numerosas zonas campesinas.
Fue con las Convivir que los paramilitares lograron su despliegue nacional, se consolidaron en Antioquia, establecieron su Estado Mayor en el Nudo de Paramillo y se extendieron por todos los departamentos de la zona atlántica y pacífica, precisamente por donde están las salidas y rutas del narcotráfico.
Es innegable que continúa la guerra sucia, en 2016 se les atribuyen a los paramilitares 550 hechos con víctimas y a actores no identificados otros 833, según la base de datos del Cinep, todos ellos eran líderes populares, dirigentes sociales, políticos de izquierda y defensores de derechos humanos. En los que ha transcurrido de este año, varias decenas de estos líderes han sido asesinados o desparecidos por los paramilitares, los que utilizan diversos nombres, como “Aguilas Negras”, Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), “Los Rastrojos” y los “Urabeños” entre otros.
Con el desarme de la insurgente FARC-EP, el paramilitarismo ha ido ocupando el territorio dejado por estos y lo más preocupante para esa población campesina es que el Gobierno no toma medidas y niega las graves violaciones de derechos humanos y los crímenes que estas bandas continúan cometiendo.
Según el Cinep el fenómeno del paramilitarismo no ha desaparecido en Colombia.


jueves, 25 de mayo de 2017

Las lecciones que el terrorismo sí aprendió

Un año y medio después de proclamar el califato —junio de 2014—, el Estado Islámico (ISIS en inglés) no sólo inspiraba ideológicamente a lobos solitarios en el mundo, sino que tenía la capacidad de formar células con nexos operativos, como las que atentaron en Ankara (Turquía) o en París (Francia).
Los atentados en Berlín, Niza, Londres y ahora en Mánchester ponen en evidencia que el terror es inevitable y, como diría el ex primer ministro francés Manuel Valls, “un hecho con el que tenemos que acostumbrarnos a vivir”. Pero, más que acostumbrarnos (por la frecuencia que ha convertido al terror en algo casi cotidiano), hay que aprender a lidiar con él.
Un día después de que Salman Abedi, de 22 años, muriera al provocar el estallido de la carga explosiva que llevaba encima en la sala de espectáculos Manchester Arena, dejando 22 muertos y 59 heridos, la primera ministra británica, Theresa May, anunció que el Reino Unido elevaba su nivel de alerta a crítico, el máximo en una escala de cinco.
Un portavoz policial aseguró que el autor del atentado, que había viajado a Libia hace una semana, formaba parte de una célula yihadista. “Está muy claro que lo que estamos investigando es una red”, dijo. Es decir, que la pesadilla continúa y en un escenario cada vez más incierto. 
Desde que el Estado Islámico irrumpió con una serie de atentados sangrientos en Europa, principalmente, los ataques terroristas se han convertido en algo rutinario (no normal). Cualquiera armado con un carro o un cuchillo puede ser un terrorista en potencia. Una vigilia en Birmingham (centro de Inglaterra), en solidaridad con las víctimas de Mánchester, fue interrumpida después de que la policía detuviera en las inmediaciones a un hombre con un arma blanca y un bate de béisbol.
Y aunque los organismos de inteligencia hayan logrado prevenir cientos de ataques, lo cierto es que el terrorismo de hoy es un reto para investigadores y gobiernos que todavía luchan por encontrar la mejor manera de lidiar con el problema.
En los últimos tres años ha habido una explosión en la frecuencia de los ataques terroristas contra los países occidentales, y en la letalidad de estos eventos. Desde el brutal ataque a París en noviembre de 2015 (130 muertos) hasta las bombas de marzo de 2016 en el aeropuerto de Bruselas y la estación de metro de Maalbeek (32 muertos), hasta el camión de carga en Niza (86 muertos), el furgón que golpeó un mercado de Navidad en Berlín (12 muertos) y ahora una potente bomba en un concierto de Ariana Grande, el mensaje es que no hay lugar realmente seguro. Hay tantos otros ejemplos recientes. Un sacerdote cuya garganta fue cortada en medio de un servicio en Normandía. Un atacante en Magnanville que mató a una pareja y luego transmitió en Facebook Live horas de amenazas contra su hijo de tres años. Y el atacante suicida en un concierto en Ansbach (Alemania), que hirió a 15, como recuerda The Atlantic.
El filósofo francés Phillippe-Joseph Salazar, experto en terrorismo islámico y autor del libro Palabras armadas: Comprender y combatir la propaganda terrorista, le dijo al periódico El Mundo que el error que se cometió al enfrentar a este nuevo enemigo fue subestimarlo. “El discurso de fundación del califato en la mezquita de Mosul fue una magnífica descripción de lo que venía y nos reímos de él en lugar de tomar medidas (...). El resultado: nunca nos preparamos para estos atentados, porque pensamos que eran locos, marginados o enfermos mentales”.
Cuando estalló la Primavera Árabe, en 2011, muchos organismos de inteligencia interpretaron los hechos como “un golpe al extremismo”. Se equivocaron. Esas revoluciones y sus consecuencias impulsaron el movimiento yihadista. “La guerra civil en Siria y el caos sembrado en Libia luego de la muerte de Muamar Gadafi colocaron a los extremistas al frente de los principales conflictos del mundo”, explican expertos del Royal United Services Institute.
Grupos como el Estado Islámico, que se adjudica cuanto atentado ocurre en el mundo, aprendieron a utilizar las redes sociales para popularizar su causa, sin dejar de aprovechar las redes en el terreno de Al Qaeda para mover devotos a sus santuarios en Siria e Irak. El EI incluso se convirtió en pionero de un modelo de planificador virtual para dirigir a sus operarios desde lejos.
El investigador Charlie Winter, del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización y la Violencia Política, señala en BBC que es la hora del terrorismo low cost: “Se hacen operaciones cero sofisticadas, pero de gran impacto”. El terrorismo aprendió la lección. El autor del libro Inside Terrorism, Bruce Hoffman, explica en The Guardian que “para las organizaciones yihadistas, la capacidad de innovar es una necesidad, no un lujo. Los grupos terroristas tienen el imperativo organizacional de aprender. A medida que se enfrentan a una serie de desafíos internos y externos, estos grupos se adaptan rápida y creativamente”.
El EI fue uno de los primeros en usar drones. Lanzó más de 70 en sólo dos días durante el comienzo de la ofensiva en su contra en Irak. Y además estableció un impresionante aparato comunicacional para hacerse omnipresente en las redes sociales, antes de Twitter. “Estableció una marca como cualquier organización, e incluso impuso el desarrollo del aprendizaje en línea”, añade Hoffman.
Todavía no se sabe si Salman Ramadan Abedi contaba con una red. Lo que sí está claro es que hablaba sobre el valor de morir por una causa. ¿Cuál?


martes, 16 de mayo de 2017

Siguen las muertes en el mar
Italia tiene cada vez más problemas para gestionar la presión de inmigrantes y refugiados


Como se temía, sellada la frontera de los Balcanes, la presión de las oleadas de migrantes y refugiados se ha desplazado a Italia, que cada vez tiene más dificultades para gestionar los contingentes que llegan y que se suman a las 180.000 personas que se acumulan en sus campos de acogida. Con la mejora del tiempo, los flujos se intensifican y también las víctimas de una travesía que la crueldad de las mafias hace cada vez más peligrosa. En lo que llevamos de año han muerto ya, según ACNUR, más de 1.200 personas. Solo en el pasado fin de semana llegaron a las costas italianas 7.300 migrantes y al menos 245 murieron pese a la intensa labor de vigilancia del programa Frontex y la labor de rescate de las organizaciones humanitarias.

La situación ha dado lugar a los primeros y lamentables intentos de explotación partidista del problema por parte de organizaciones de extrema derecha nacionalista. Instancias judiciales han culpado además erróneamente a las organizaciones humanitarias del drama de los naufragios. Afirman que con sus labores de rescate contribuyen a facilitar el negocio de las mafias. Pero que las mafias sean tan inhumanas como para abandonarlos a su suerte no es óbice para desatender la obligación de salvar y rescatar a quienes han iniciado el viaje y están en peligro.

En lugar de buscar la culpa en quien no la tiene, deberían revisarse los planes vigentes. Es escandaloso que, como se ha comprobado en una dramática grabación de hace tres años conocida ahora, 268 personas murieran ahogadas, entre ellas 60 niños, porque los servicios de rescate de Italia y de Malta se pasaron la pelota durante horas de a quién le correspondía el rescate. Un médico sirio, que perdió a dos hijos, había pedido angustiosamente ayuda varias veces. La burocrática e insensible respuesta es digna de figurar en los anales de la ignominia. Aunque se hable menos de ella, la crisis de los refugiados sigue abierta y sigue muriendo gente en el mar.